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REPORTAJE

Andersen intenta recuperar la reputación perdida

La veterana firma auditora recurre a anuncios en prensa para superar la crisis tras la quiebra de Enron

El escándalo de Enron ha dado de lleno en Andersen (antes Arthur Andersen) por el estruendoso fiasco de su auditoría de las cuentas de Enron y el hecho de que el responsable de ese control destruyera documentos cuando ya se sabía que la Securities and Exchange Commission (SEC), la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos, quería investigar las causas de la mayor suspensión de pagos de la historia. La credibilidad de Andersen, que ya el año pasado fue sancionada en dos oportunidades, está bajo mínimos. En el mejor de los casos, se dice que su reputación ha sufrido un baldón permanente. La firma, extendida por todo el mundo, ha publicado páginas de publicidad para defender su reputación asegurando que la compañía será capaz de resurgir más reforzada. Algunos de los grandes clientes ya han manifestado su apoyo a la compañía, que atraviesa la peor crisis desde que fuera fundada en 1913 y se convirtió prácticamente en sinónimo de las auditorías.

Andersen necesita de esos apoyos para superar este fatal momento, acosada por un grave problema de credibilidad que afecta no sólo a sus clientes, cuyas cuentas quedarán inevitablemente tiznadas a corto plazo por la aprobación de las de Enron, sino a la moral de sus empleados, técnicos de elevada cualificación que dudan si abandonar el barco. "La integridad de esta compañía ha sido puesta en tela de juicio. Nuestra reputación es nuestro principal activo", reconoce Joseph Berardino, consejero delegado de la firma de Chicago, quien presenta el despido del responsable de la auditoría en Houston, David B. Duncan, y las sanciones impuestas al resto del equipo como "un claro ejemplo de que Andersen no va a tolerar una conducta no ética, graves errores de juicio o la violación consciente de nuestras políticas". Duncan fue entrevistado ayer por los investigadores del Congreso para determinar si destruyó documentos relacionados con la quiebra de Enron.

Estos probemas se producen cuando Andersen acaba de salir de un larguísimo pleito de divorcio y posterior batalla por la marca comercial con la empresa que ahora se conoce como Accenture. Ambas se disputaban el nombre de Andersen, una marca que ahora vale bien poco.

El meteórico derrumbamiento de Enron se ha convertido ya en un caso de estudio en las escuelas de gestión, al igual que el de Andersen, a la que analistas, profesores y expertos en relaciones públicas recomiendan la máxima rapidez y agilidad en mostrar sus cartas si quiere recuperar la menoscabada confianza. "Es un escándalo muy dañino para Andersen", dice Samuel Hayes, profesor de la Harvard Business School. "A primera vista, parece que había cosas que se estaban ocultando y que sabían que había problemas y que cometieron errores. En vez de dejar las cosas claras, lo ocultaron, que es lo contrario de lo que debería hacer un auditor". Hayes recomienda a los responsables de Andersen que expongan sus relaciones e intereses en Enron. "Andersen y Enron no pueden esperar un arreglo rápido sólo con algunos retoques de personal". Pero, además de Andersen, el escándalo puede salpicar a algunos bancos de negocios que hicieron trabajos para Enron y recomendaron comprar sus acciones.

El negocio de Andersen subió como la espuma durante la pasada década cuando los 3.000 millones de dólares de ingresos de 1992 llegaron hasta los 9.300 millones en 2001 al amparo de la ampliación del negocio a actividades de consultoría y la asunción de contabilidades en empresas que preferían encargar fuera tal misión, como fue el caso de Enron. Berardino justificó en diciembre la aprobación por Andersen de las cuentas de Enron con el argumento de que la compañía ocultó información a los auditores y mantuvo fuera de los balances los resultados de las empresas de propósito especial (partnerships), creadas con el objetivo de ocultar fallidos.

No es la primera vez que Andersen pasa por alto cuentas dudosas. El año pasado fue sancionada por la SEC con una multa de siete millones de dólares y tuvo que pagar otros 220 millones a los accionistas de Waste Management. La empresa tejana había exagerado sus ingresos en más de 1.000 millones de dólares. Andersen detectó la falsificación, pero aprobó el balance sin exigir su eliminación. En el caso de Sunbeam, Andersen hubo de abonar 110 millones de dólares en una querella resultado de aprobar un exceso de beneficios en el balance.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 17 de enero de 2002