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Editorial:

Euros en efectivo

La rapidez con que los ciudadanos han asumido el euro como medio de pago en sus operaciones comerciales ha sorprendido a los propios diseñadores de la compleja unificación monetaria europea. La transición, que inicialmente iba a durar seis meses y que luego se redujo a dos, va a ser mucho más breve en la práctica, a tenor de lo que ha ocurrido en esta primera semana. El Banco Central Europeo (BCE) decidió ayer subastar 25.000 millones de euros para que el sistema bancario pueda disponer de una mayor liquidez mientras se lleva a cabo la retirada de las monedas nacionales en fase de extinción. La carencia de billetes, sobre todo de baja denominación, en algunas oficinas bancarias ha creado no pocas incomodidades al público, que definitivamente prefiere evitar la doble contabilidad. La obligación de los comercios de dar las vueltas en euros contribuye al mismo tiempo a acelerar el canje.

La importancia de lo conseguido desde el pasado martes, 1 de enero, es tanto mayor cuanto más compleja ha sido la fase final, que ha exigido realizar la mayor operación logística en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Al éxito ha contribuido la relativa familiarización del público con el euro, debido a que existía como unidad monetaria desde 1999 y a que un número creciente de transacciones, desde luego las financieras, se han ido expresando de forma dual. Además, las transacciones en efectivo representan una parte decreciente de las que se hacen en cualquier economía de la eurozona. En los Doce, apenas el 6% del agregado monetario amplio (M3, expresivo de la oferta monetaria) es efectivo, dinero contante y sonante.

La tentación no sólo del redondeo, sino de la descarada subida de precios, ha tenido en España un mal ejemplo: han sido algunos servicios públicos (transportes urbanos, sellos de correos) los que la han liderado. Tampoco hay que achacar al euro la subida de impuestos indirectos con que el Gobierno español ha estrenado el año. Resultan inoportunas y poco ejemplares, por su efecto inmediato sobre los precios, cuando España asume la presidencia del Consejo de la UE.

El entusiasmo ha variado, pero en general, y a pesar del desagradable descubrimiento de que algunos de los nuevos billetes destiñen, las poblaciones y los Gobiernos han acogido con un espíritu abierto y buen ánimo el cambio de moneda, a pesar de sus intrínsecas dificultades psicológicas y contables. La gran excepción ha sido Italia. No sólo su ciudadanía es la más retrasada en el abandono de la lira como sistema de pago en efectivo, sino que el Gobierno de coalición presidido por Berlusconi ha dado un penoso espectáculo cuando los ministros de la Liga Norte o del propio partido de Berlusconi han realizado declaraciones despectivas sobre el euro, respondidas por el europeísta ministro de Asuntos Exteriores, Renato Ruggiero, y el propio presidente del Consejo. Pero ha quedado de manifiesto que ésta no es la Italia fundadora del Mercado Común en los cincuenta. Ya ha traído problemas a la UE, y traerá más.

El éxito en la introducción del euro físico ha calentado el ambiente en los países que de momento se han quedado fuera por voluntad propia: Reino Unido, Suecia y Dinamarca. Blair ha aprovechado la ocasión para recordar que su país no se puede quedar al margen de la moneda única mientras sus comercios la aceptan ya. Quizás sirva para generar una dinámica a favor de la integración, aunque es a Blair al que le corresponde liderar el cambio en la opinión pública para ganar el referéndum sobre el euro, y no esperar a que cambie para convocarlo.

Buena parte de la aceptación del euro, que en sus primeros días ha registrado una pequeña revalorización frente al dólar -similar a la ocurrida cuando nació, en enero de 1999-, va a depender de la evolución de la economía. Los riesgos de una recesión en la eurozona son importantes. El crecimiento de la economía alemana prácticamente se ha detenido. Por fortuna, la autoridad monetaria, el BCE, parece ahora más sensible a las necesidades del crecimiento y menos obsesionada con una inflación aparentemente controlada. Debería aprovechar para bajar los tipos de interés. Su credibilidad e independencia se asentarán si logra a la vez la estabilidad de precios y evitar una recesión.

Queda naturalmente mucho por hacer para completar una unión que no sólo ha de ser monetaria, sino también económica y, en último término, política. Para lograrlo es importante avanzar en la creación de bienes públicos europeos. El euro, sin duda, es uno de ellos. Más rápidamente de lo previsto está llegando a los bolsillos de 300 millones de personas que desde esta semana tienen algo más en común.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de enero de 2002