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COLUMNA

Las cabezas en formol

El mes que viene ya manejaremos la moneda única, mientras el PP se adiestrará en la práctica de su patrimonial partido único. La política de Aznar se empecina en meter en dique seco todo el proceso autonómico, la representación territorial de ese expositor de naderías que es el Senado, y por supuesto, cualquier conveniente modificación constitucional. Y Zaplana que es uno de sus fieles voceros, no ha tenido rubor en hacerse una pregunta de empaque hamletiano: ¿Es necesario un partido nacionalista para defender los intereses de la Comunidad Valenciana? Su pregunta implica un desprecio y una discriminación no sólo para las formaciones aludidas, sino para todos los valencianos, a quienes les corresponde decidirlo libremente, sin jactancias ni zalamerías ajenas. Zaplana, no acepta más nacionalismos que el centralista, el españolista: el rancio nacionalismo del dictador. Y aún el president, en una raquítica muestra de sensibilidad y respeto políticos, desliza una afirmación absolutamente cínica: no se puede vivir anclado en el pasado, o más claro: el pasado debe habitar y desarrollarse entre nosotros. Si la pregunta pudiera radiografiarse, quedaría, más o menos, así: ¿Es necesario un partido nacionalista, y por extensión, socialista, de EU, o adverso, para defender los intereses que me han sido confiados por la superioridad, para su mayor gloria y bolsa? Dudar de la eficacia y de la necesidad de otros partidos, es dudar de la pluralidad y de los derechos democráticos, es aplicar unas medidas restrictivas a la Constitución, hasta dejarla, y bien que lo intentan, en el cuerpo mezquino del Fuero de los Españoles.

Sin duda, asistimos a una ofensiva del Gobierno de PP y del Consell, sometidos el uno y el otro, a un desgaste acelerado, que pretenden disimular, con diatribas y descalificaciones; y a la incertidumbre que los tiene en vilo: desde la crisis económica internacional, hasta una lenta pero inexorable pérdida de confianza en unas proezas, que tienen más de espectacular apariencia que de progreso real. Estamos endeudados, y eso que han perpetrado el desmantelamiento de los bienes del Estado, que son o eran de todos, en beneficio a unos cuantos chorizos de tiros largos y escrúpulos chatos.

En medio de tanta charanga, soportamos uno de los más crudos inviernos de nuestra democracia. Cuando llegue el deshielo, veremos si todavía les responden las neuronas. Hasta entonces, nos vamos a enterar de cómo queda eso del patriotismo constitucional, exprimido en una ponencia nostálgica y deleznable. Jürgen Habermas, en manos de Aznar y sus segundos, que aún no han parado de darse sonoros golpes en el tórax, va a salir hecho un Cristo, por gracia del Opus y de unos flechas, que no se han enterado lo que vale un peine, y menos de lo que puede un sólo verso de Vicent Andrés Estellés. Si Aznar ya se encarga de convertir a España en una calcomanía de sí mismo, Zaplana hace sus diarias prácticas de exorcista para expulsar del País Valenciano, los demonios del nacionalismo. Ambos, si tuvieran cabeza, deberían depositarla en sendos frascos de formol, para que de aquí a unos años, los escolares pudieran informarse de cómo lucían el tupé y las herrumbrosas ideas aquellas criaturas de la montaraz derecha. Un poco de pedagogía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de diciembre de 2001