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REPORTAJE

Tristes historias de la guerra en el hospital de Quetta

Decenas de civiles afganos heridos por los bombardeos de EE UU colapsan las clínicas de Pakistán

Al panadero afgano de 20 años Mohamed R. le gusta que las mujeres se cubran el rostro con el burka. Y no le importa que su futura esposa sea guapa o fea. Dice que eso es cosa de los occidentales, que son los únicos capaces de divorciarse al día siguiente. Para elegir a la mujer de su vida se fiará del criterio de su hermana, que en su día irá a la casa de la prometida, conversará con ella y extraerá conclusiones. Sin embargo, Mohamed nunca comulgó con los talibanes. A escondidas besaba a las mujeres que podía, y a escondidas veía la televisión a pesar de las prohibiciones. Dice que él tenía más ganas que los norteamericanos de que los talibanes dejasen su país en paz.

Pero el viernes llegó al hospital Jalani, en la ciudad fronteriza de Quetta, con media cara quemada, medio ojo ensangrentado, además de una pierna y la espalda fracturada por una bomba que un avión dejó caer en su panadería de Kandahar. Y el miedo en el cuerpo. "Por favor, no les diga a los talibanes que yo he dicho todo esto".

A cinco minutos en coche, en otro hospital tan frecuentado por las moscas y con tantas mantas en el suelo como el anterior, el combatiente Jan Mohamed, de 37 años, cuida de sus dos sobrinos, de 20 y 25 años, y dice que en cuanto pueda regresar a Afganistán luchará contra los norteamericanos. Cuando se le pregunta si sabe manejar el Kaláshnikov, se ríe. "Hasta mi hijo de cinco años sabe. Mis armas son más potentes que un rifle, llevamos demasiados años en guerra. En el subsuelo de muchas de nuestras casas hace años que tenemos cavadas cuevas para protegernos. Yo tengo mis armas y mis municiones en esa cueva. Pero la bomba aquella, la bomba que nos ha traído aquí, aquella noche nos cogió desprevenidos. La primera no mató a nadie. Pero cuando salimos a la calle cayó otra bomba y vino un helicótero con metralletas". En su pueblo de 5.000 habitantes murieron 22 personas, 12 de ellas de su familia, todos civiles. "Mi sobrino, ése de ahí, se ha quedado cojo para toda la vida. Y el que está a su lado ha perdido a su mujer y su hija de un mes". Los sobrinos sólo ríen cuando su tío sentencia: "Aunque los americanos nos tiren todas sus bombas, no podrán con nosotros. Nos protege Dios".

En una de las habitaciones llena de moscas del hospital Civil, el mayor de Quetta, donde han venido a parar 60 afganos desde el 11 de septiembre, reposan diez mujeres afganas, todas de la misma familia. La mayor de ellas, de 60 años, la única que no se cubre el rostro con el velo dejando ver la puntita del ojo, como hacen todas las demás a la llegada del extraño, dice que nunca ha visto la televisión, gracias a Dios. Lo más moderno que ha visto en su vida fue el avión que las atacaba. Por eso, comiendo de un cuenco en el suelo, sostiene convencida que vio cómo de un avión salían cuatro aviones pequeños. "Quiere decir bombas", sostiene un familiar. En su aldea, aclara este hombre, las pocas mujeres que ven la tele aún se cubren la cara con el velo, como si los extraños que salen por televisión las vieran a ellas.

En el mismo hospital yace en una camilla Quimurgall Mahd, de 50 años. Acaba de llegar medio inconsciente y sangrando por la boca desde el campo de refugiados situado en la frontera. Todas sus pertenencias se encuentran en un saco de pienso. No tiene ningún familiar que la asista, sólo un colaborador de Naciones Unidas. "Esta mujer estaba tendiendo la ropa en la terraza de su casa cuando una bomba la hizo caer al suelo. Debe de tener el pecho roto por dentro, porque lleva tres días sangrando por la boca".

Pero de entre todos los heridos es el pequeño Saleh Ahmed, de cinco años, el que se ha convertido en la estrella. La noche del 26 de octubre, a las doce en punto, las bombas arreciaron sobre Chowkar-Karez, un pueblo pequeño situados a 40 kilómetros al norte de Kandahar, donde a nadie le consta que haya ningún militar. Una de las bombas cayó en la casa de Saleh, y la familia, casi toda la familia, salió a la calle para protegerse. Shahida, la hermana de Saleh, de 15 años, vio desde una ventana cómo su madre cogió a Saleh contra su pecho y salió corriendo a la calle como el resto de la familia. Uno de esos helicópteros tan impactantes que tantas veces han aparecido en las últimas semanas en los medios de comunicación ametrallaba, ayudado por la luna, a su madre y a su padre. Shahida salió, cogió a Saleh en brazos, se metió en casa y cayó desmayada. Al despertarse le informaron de que además había perdido a tres hermanos y dos hermanas. ¿Qué harán ahora? "Cualquier cosa menos volver a Afganistán", dice mientras se suena los mocos del llanto con el velo.

La ONG Human Rights Watch ha pedido al Pentágono que investigue inmediantamente qué falló la noche del 22 de octubre en el pueblo de Chowkar-Karez, en el que murieron entre 25 y 35 civiles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de noviembre de 2001