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Crítica:'DOM JUAN' | TEATRO

El canto del transgresor

Gusta oír a los grandes clásicos hablar de nuestro tiempo. Nos da una idea muy amplia de la contemporaneidad, y corrige un poco a los fatuos que hablan de lo antiguo, lo obsoleto o lo trasnochado. Hablan de nuestros días y nuestra tierra Don Juan y su criado Sganarelle (criado en la escala social característica; en realidad, opositor, conversador, parte filosófica de la obra, antagonista) en la escena segunda del acto quinto. Cuando Don Juan habla del "vicio de moda" (también él creía que los vicios permanentes eran cosas de sus días o su corte; "y todos los vicios de moda se convierten en virtudes") está contando cómo el arrepentimiento primero y la ficción de "hombre de bien" no son más que otras maneras de practicar el mal, y quizá las mejores, las más frecuentes, las más útiles. Es el otro el que trata de explicarle dónde está el bien: en la sumisión, en el orden establecido. Y, sin embargo, es el que instantes más tarde, ante la muerte de su doble en negativo, de su compañero de años y su interlocutor, dirá que el más desgraciado es él porque ha perdido su paga: se ha quedado sin trabajo. Un texto valiente y duro para su tiempo, con la ironía que dominó Molière como única posibilidad de expresión, porque, si cierta moral se dice con seriedad, puede ser condenada.

El menos burlador

No trato de descubrir este Don Juan, el que menos lo es de todos porque es el menos conquistador, el menos burlador. La Elvira maltratada es ya su esposa, a la que abandona; la única escena de seducción es la de dos aldeanas pazguatas, y es también irónica y juguetona. Aunque se aluda continuamente a lo que ahora se llamaría "adicción sexual", o "sexopatía" -en la hipocresía actual que remite tantas veces a la psiquiatría, lo que, simplemente, no es correcto-, lo más importante en él es el ateísmo, su capacidad de no creer ni ante la evidencia de los fantasmas -más o menos ridículos-, su aplicación a la buena vida -descrita por los otros como mala- y frío paso por la vida: sin las pasiones de otros donjuanes. Es una comedia filosófica y naturalmente moral: la crítica no es al personaje, sino que está utilizado para la de su tiempo (o nuestro). Don Juan comenta su propia vida y la de los demás: se le ve leer y meditar, se le escucha pensar.

La versión sigue la tradición lógica, la francesa -el director pertenece a la que se llama Maison Molière, a la Comédie-, que ablanda la acción aún más de lo que lo hace el actor. El texto de Julio Gómez de la Serna es uno de los más respetados en castellano, y se le añaden algunos esnobismos, como el de nombrar Dom Juan con una eme (no sólo en el título, sino en la imposible pronunciación) o seguir el equívoco del "festín de piedra" en lugar de "el convidado de piedra", con el que inauguró la serie Tirso de Molina. "Festín" no corresponde a la realidad escénica, ni en el idioma francés ni en el castellano, pero lo tomó de sus predecesores en Francia. Este Don Juan, el actor Cristóbal Suárez, parece más joven y menos investido de esa sabiduría libertina reflexiva; hace bien su papel, como todos, pero no lo llena su figura. No pasa lo mismo con Joaquín Notario, es un buenísimo Sganarelle. Todo el reparto lo hace bien y claro, y lo que tiene de aburrido su discurso no se debe ni a ellos ni a Molière, sino a la lentitud y llanura de la dirección.

Se está representando a teatro lleno. En la representación del sábado con público "de pago", o "de taquilla", el gusto se guardó en un silencio respetuoso y admirativo, que se reveló en los largos y fuertes aplausos finales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de octubre de 2001