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Crónica:FIRA DE TÀRREGA

Oratoria y fuego protagonizan la inauguración

No es frecuente ver un espectáculo de pirotecnia a pleno sol, y menos involucrar al anciano cura de la parroquia para que, entre diablos y chupinazos, se preste a tocar las campanas de la iglesia como parte del espectáculo, justo antes de que una traca de petardos, que más parecían bombas que inocentes fuegos de artificio, abriera una secuencia de llamaradas y humo de colores que convirtieron la iglesia en un infierno y que fue contestado por el público con los '¡ooohs!' y '¡aaahs!' de rigor. Así empezó ayer la Fira de Teatre al Carrer de Tàrrega.

El espectáculo inaugural, Una mica més de blau al cel de Tàrrega, era obra de Pierre-Alain Hubert, artista pirotécnico que aprendió a esculpir el fuego, el arte de la pólvora, en Japón.

Pero antes del espectáculo inaugural hubo otros espectáculos dignos de ser vistos. El de Tàrrega mismo, las calles de la ciudad a primeras horas de la mañana, todavía limpias, despejadas, preparadas para recibir el gentío que alcanzará su apogeó a lo largo de hoy y mañana. Las vallas dispuestas para facilitar la circulación por toda la ciudad. Los programadores y los actores acudiendo en procesión a presentarse en el centro de recepción de la Llotja. También iba llegando, poco a poco, el público más joven. Un público que procede, mayoritariamente, de los alrededores de Barcelona y de las comarcas próximas a Lleida, como indica el reciente estudio Economía y cultura, realizado por profesores de la Universidad de Lleida, que revela aspectos interesantes de este evento multitudinario que hace de un arte artesanal, de minorías, un fenómeno de masas con un fuerte componente económico. No en vano Tàrrega es una feria de compra venta a la que acuden casi 800 programadores, talonario en mano.

Espectáculo preinaugural fue el que ofrecieron los políticos en el acto oficial, presidido por Jordi Vilajoana, consejero de Cultura de la Generalitat, que se anticipó al espectáculo pirotécnico con una cortina de humo verbal tras admitir que sí, que 'la consolidación de Tàrrega crea nuevos problemas', problemas que no señaló y a los que, en buena lógica, tampoco ofreció solución. Y eso que Vilajoana intervino al final, tras escuchar las intervenciones de Frederic Gené -alcalde de la ciudad-, que propuso la creación en Tàrrega de un centro de producción teatral de espectáculos de calle; Joan Anguera -director de la Fira-, que reclamó una línea de reflexión en torno a la importancia cuantitativa del acontecimiento y a la escasa ayuda que recibe en comparación con otros de muy inferior repercusión, y de Josep Pont -presidente de la Diputación de Lleida-. Y también la de Cristina Santolaria, representante del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que merece especial atención.

Elogioso fue, sin duda, el alegato de Santolaria hablando de las virtudes de Tàrrega. 'Me impresionó', dijo hablando de la edición anterior, 'la riada de jóvenes. También que la ciudad esté volcada en el teatro. Que la feria desborda cualquier comparación en cuanto al número de programadores. A la mezcla de géneros. A la participación de diferentes comunidades autónomas. A la proyección internacional... La conclusión inmediata era que el ministerio tenía que estar aquí'. Pese a su entusiasmo, poco dijo en favor de la agilidad del servicio de información ministerial, porque es un dato sin duda significativo que Madrid haya tardado más de 20 años en darse cuenta de la importancia de Tàrrega. Y que por fin arrime el hombro (11 millones de pesetas del total de los casi 153 millones en que está presupuestada la Fira).

Luego sí, Pierre-Alain Hubert barrió con estruendo apocalítpico las palabras para ceder la voz a los verdaderos protagonistas de la Fira, el centenar largo de compañías de teatro que este año están presentes en Tàrrega.

A Una mica més de blau al cel de Tàrrega se le puede reprochar una cierta falta de ritmo y la poca efectividad de los elementos teatrales: dos diablos -macho y hembra- desamparados y con un protagonismo algo diluido. En cambio, los fuegos artificiales resultaron espléndidos. Las magníficas palmeras de humo de colores, los cohetes silbadores ascendiendo en tirabuzón, las llamaradas amarillas, rojas, verdes, las nubes ocres y amarillas. Esto sí es Tàrrega. Aunque una señora añorara, ante la inmovilidad de la fiesta inaugural, los buenos viejos tiempos de Comediants. No era una crítica falta de fundamento en un evento basado en un amplio abanico de artes escénicas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de septiembre de 2001