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MUERE UN TESTIGO DEL SIGLO XX

Una polémica para el futuro

Es difícil que se pueda encontrar en nuestro país, ahora y en un futuro próximo, una figura intelectual más polémica que la de Pedro Laín Entralgo. La razón está en que esta polémica se ha de centrar, forzosamente, más que en su obra escrita, a la que me referiré en seguida, en lo que fueron sus posiciones, sus actitudes, es decir, en él mismo. Porque no se sustrajo al compromiso de actuar -es decir, de ser hombre publico, y eso fue lo más valioso y valiente de él como persona- en una etapa histórica de España en la que muchos habían de guardar silencio, y era prudente que lo hicieran, mientras aquellos que podían hablar -él, entre otros- habían adoptado una posición que necesariamente harían, por un motivo o justamente por el opuesto, el disgusto de todos. Laín Entralgo, que conoció honores y reconocimiento durante el régimen anterior, pese a su posición ambigua respecto del mismo al término de la guerra civil, se convirtió en el blanco, si no declarado sí en privado, de unos y de otros. Descargo de conciencia acabó de completar el cuadro. Se presentaba, primero, como acusado y confeso; luego, como acusador; más tarde, como juez. Como acusado, acusaba a su vez, aun sin quererlo, a los que habían pensado como él y no tenían el valor de hacer análoga rectificación; como acusador de sí mismo, resultaba en momentos demasiado benévolo, y daba pie para dudar o bien de la sinceridad de su rectificación o de la culpa que, antes, él mismo se había reconocido; o bien parecía exhibir su capacidad de excepción para culparse en público e invitaba a todos, como culpados también, ahora por él, a hacer otro tanto; finalmente, como juez se absolvía. En suma, no satisfizo a nadie. Como persona testimonial, ése ha sido su sino hasta pocas semanas antes de su muerte, y pienso que le ha de perseguir insistentemente.

Pedro Laín no abdicó nunca, como pensador, de su catolicidad. Eso le confirió, de entrada, una autolimitación ante los demás, no dispuestos a poner límites al propio pensar procedentes de cualquier ortodoxia. Pero referido a su caso, puede decirse que si su techo era demasiado bajo para los tiempos que corrieron en la España anterior a la guerra, bajo la sombra de Ortega, y para los aires que habían de correr en la España extraoficial unos años después, ya en la década de los cincuenta, era, sin embargo, demasiado elevado para la catolicidad oficial, que lo juzgaba cercano a la heterodoxia, y, por tanto, peligroso. Se quedó solo. Sin embargo, si prescindimos de denominaciones en desuso, su libro Cuerpo y alma y los otros dos, Idea del hombre y El cuerpo humano, son, retraduciendo algunos de sus términos, de un gran interés y absolutamente modernos, o sea, legibles.

Laín Entralgo era un profesor extraordinario. Sus clases, bien preparadas, pero dichas con una ligereza inhabitual para quien le conociera también como conversador, le caracterizaron como alguien para quien el objeto de su disciplina -la Historia de la Medicina- era el pretexto para dar una idea de cómo hacer historia, cómo situar un tema en el centro de círculos concéntricos, de contextos sociales, cada vez más amplios. En este sentido, sus clases eran de una erudición que denominaría pulcra, porque, aparte de exhibir conocimientos de primera mano del griego, latín, alemán, inglés, italiano o francés, y de física, química, biología, matemática o literatura y, por supuesto, filosofía, eran los precisos y nada más que los precisos.

Pedro Laín puede interesar o no como pensador hoy o mañana. Quienes le conocimos podíamos discutir acerca de él cuanto quisiéramos, menos en una faceta, en la que el acuerdo era total: sus conocimientos eran de una magnitud asombrosa.

Escribo estas líneas apresuradamente, cuando me llaman para decirme que Pedro Laín ha muerto esta mañana mientras dormía. Le recordaré siempre, unas veces cuando me irritaba y pretendía que actuara de otra manera, precisamente por ser él quien era; otras, las más, cuando pienso las muchas cosas que puedo agradecerle.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 2001