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Reportaje:

Alemania salda una deuda con el pasado

La industria alemana empezará a indemnizar a decenas de miles de trabajadores esclavos del régimen nazi tras décadas de litigios

El pasado miércoles, un tribunal de Múnich condenaba a un anciano de 89 años a cadena perpetua. Parece improbable que se prolongue mucho. El exmiembro de las SS y guardia en el campo de concentración de Theresienstadt (Terezin) Anton Malloth mató gratuitamente al menos a un prisionero judío, se supone que a muchos más, y maltrató a todos los que se cruzaban en su camino.

Malloth es un ejemplo perfecto del hombre mediocre que se convierte en asesino bajo un régimen asesino. En otras circunstancias habría sido conductor de tranvía y no se habría atrevido siquiera a alzar la voz a alguien, por miedo a conflictos con la ley. Malloth es por lógica uno de los últimos criminales nazis en ser condenados. Muchos han muerto impunes. Los que aún viven sin ser localizados no temen ya a la justicia, sino a la muerte.

Sigue habiendo cuentas pendientes por aquella bárbara aventura a la que se lanzaron los alemanes hace ya más de seis décadas, cuando eligieron a Adolfo Hitler como salvador. Y, sin embargo, el despreciable caso de la vida de Malloth, juzgado en la capital bávara, es ya sólo una anécdota si se compara con la decisión del Parlamento alemán del mismo día de abrir el procedimiento de pago de indemnizaciones a decenas de miles de trabajadores no arios que trabajaron en régimen de esclavitud para la industria alemana durante el nazismo. En un acuerdo unánime, el Bundestag decidió, 56 años después de la derrota del Tercer Reich, que la Alemania democrática tiene una obligación para con aquellos esclavizados por el régimen nazi y su industria privada pero celosamente afín.

Malloth era un criminal y un rufián. Pero otros muchos criminales y no menos rufianes jamás se mancharon las manos de sangre, porque no tenían que prestar servicio en lugares tan infames y violentos como aquella fortaleza austro-húngara reconvertida en matadero. Muchos trabajaban en despachos panelados en maderas nobles, con cuellos almidonados y puños engemelados. Los empresarios y magnates alemanes fueron, salvo escasísimas excepciones, todo menos Schindler, aquel dudoso personaje al que el director norteamericano Steven Spielberg hizo un homenaje tan sensiblero como comercialmente eficaz.

Los empresarios no sólo aceptaban gustosos a los esclavos. Muchos eran absolutamente insaciables en su solicitud de mano de obra gratuita. Tanto que se produjeron conflictos entre sectores industriales y mandos de las SS porque estos últimos tendían cada vez más a matar a gentes que los primeros consideraban de su propiedad.

Socios ideales

La gran industria alemana -no sólo alemana, IBM también-, desde Krupp a Siemens, desde IG Farben a Volkswagen, fue un socio ideal del nazismo. Colaboraban con grandes beneficios, al menos en un principio, en el esfuerzo bélico, y algunas de ellas, IG Farben por ejemplo, lo hacían directamente en el genocidio con su producción del gas letal Zyklon B, con el que se duchó en las cámaras de Auschwitz a gran parte del pueblo judío europeo.

El régimen correspondía con el suministro de mano de obra no ya barata, sino gratuita: esclavos. De todos los territorios ocupados por las tropas de la Wehrmacht eran deportados hacia Alemania hombres y mujeres para cubrir las necesidades de mano de obra en fábricas, minas, canteras o talleres. No llegaban como trabajadores, sino como presos. Y como tales eran tratados.

Muchos murieron sobre todo en la fase final de la guerra, y especialmente aquellos que trabajaban para la industria desde los propios campos de concentración. Pero una mayoría de los trabajadores en industrias alemanas volvieron después de la guerra a sus lugares de origen y fueron olvidados porque la industria y la clase política tenían muchas razones para no acordarse de ellos.

Las víctimas que podían ejercer algún tipo de presión sobre el Gobierno alemán consiguieron a trancas y barrancas algún tipo de compensación, siempre irrisoria ante el dolor sufrido.

Pero los trabajadores forzosos, dispersos en una decena de países, sin lobbies (grupos de presión) ni coordinación, han ido muriendo a lo largo de estas décadas sin que se reconocieran sus derechos forzosamente acumulados.

En Polonia, Ucrania o Rumania, gentes que trabajaron en condiciones inconfesables en grandes compañías alemanas vivían una vez más en la miseria mientras los directivos y las marcas que los habían explotado bajo el nazismo florecían en el milagro alemán de los años cincuenta y sesenta.

Quienes intentaban reivindicar ni más ni menos que un sueldo por su trabajo chocaban con un muro de silencio o cínicas respuestas de los tribunales alemanes. Unas veces se decía que habían vencido los plazos para la presentación de reclamaciones, y otras, que aún se estaba a la espera de un acuerdo global sobre las indemnizaciones.

Así fueron pasando los años, y quienes en 1942 tenían 20 años hoy son octogenarios que apenas podrán disfrutar de la magra satisfacción. Hasta 5.000 marcos (unas 425.000 pesetas) para los trabajadores forzosos y 15.000 (1.275.000 pesetas) para quienes trabajaron en los campos de concentración para la industria es lo que podrán recibir quienes acrediten su condición de esclavos del capital nazi.

Acto de dignidad

El plazo para hacerlo expiraba en principio en este mes de junio, pero ya se considera una ampliación del mismo hasta fin del año 2001.

Para muchos, la histórica decisión del Bundestag llega tarde, como le llega tarde a Malloth un castigo que probablemente se mereció cien veces.

Los supervivientes del nazismo, activos y pasivos, víctimas y verdugos, los testigos, son cada vez menos, y en pocos años nadie podrá decir que estuvo allí, en Auschwitz o Theresienstadt, y sobrevivió y recuerda las caras de prisioneros y carceleros, o en Volkswagen o en Thyssen trabajando para mayor gloria de la marca comercial y del III Reich.

La decisión del Parlamento alemán de dar vía libre a las indemnizaciones no compensa nada. Nadie puede compensar lo habido, lo sufrido. Pero es un acto de dignidad necesario que da muestra de la voluntad de un Estado de saltar por encima de sus terribles sombras del pasado

Cinco mil millones de marcos (uno 425.000 millones de pesetas) y otros cien en intereses son el depósito creado por la industria alemana y el Gobierno de Berlín para compensar mínimamente a gentes maltratadas que nunca habían visto reconocida la brutal injusticia cometida con ellos.

Parece mucho dinero, pero apenas es nada para quienes lo reciben. En todo caso es un gesto que era necesario. El dolor no tiene precio, pero existen formas para reconocerlo. En el Bundestag se ha hecho.

El éxito del conde Lambsdorff

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de junio de 2001

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