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Merecen nuestra solidaridad

Ahí están, acampados en el Paseo de la Castellana, enfrente del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Los días y las noches pasan para ellos, y las semanas, y los meses, la lluvia se precipita sobre las tiendas de plástico que no les defienden de las peores agresiones de la intemperie, el frío de la madrugada les despierta de sueños inquietos que no restituyen las energías de sus cuerpos exhaustos. Nada de esto ha podido vencer hasta ahora la férrea voluntad que anima a estos hombres. Vendrán los grandes calores de Madrid y, de ser necesario, allí seguirán, a la espera de que la justicia y el respeto les pidan perdón, por haber tardado tanto y por haberles abandonado. Son los trabajadores de Sintel, víctimas de la antihumana lógica capitalista que convierte las personas en material de desecho.

A su vez, las mujeres y las hijas de estos hombres ya llevan más de cien días encerradas en la catedral de la Almudena, empeñadas en la misma lucha, tan firmes como sus maridos y sus padres. Esperan, también ellas, que el respeto y la justicia se manifiesten al fin, como única compensación aceptable en pago de las pruebas de dignidad individual y colectiva que, día tras día, nos vienen dando. Merecen nuestra solidaridad. Generosa. Total.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de mayo de 2001