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OPINIÓN DEL LECTOR

Signos de esclavitud en Huelva

Nos alegramos mucho de que la organización Freshuelva haya expulsado a la empresaria Mireia Giorgi, gerente y propietaria de Doñana 2000.

No menos satisfacción nos produce que UGT y CC OO hayan plantado cara a esta empresa. Sin embargo, no nos debemos conformar con tan pequeños gestos, cuando la actuación permanente de Doñana 2000 era y es gravísima, y cuando además existen otros muchos casos similares en demasiados puntos freseros de la provincia que deben ser descubiertos y erradicados.

Fuimos nosotros, el Sindicato de Obreros del Campo y del Medio Rural (SOC) en Huelva quienes dijimos el pasado año que en el tajo de Doñana 2000, al lado mismo de donde tiene su ermita la Virgen del Rocío, unos 80 marroquíes estaban viviendo en condiciones terribles, con claros signos de esclavitud. Apenas se nos creyó. Es más, algunos nos acusaron de crear alarma social; otros como CC OO, UGT y Asaja no tuvieron ningún escrúpulo en sentarse en la misma mesa con Mireia Giorgi y ante los medios de comunicación apoyarla frente a nuestras denuncias.

A pesar de que se intente presentar el caso Doñana 2000 como un hecho aislado, nosotros tenemos que desmentirlo, si no trastocamos la realidad que venimos comprobando en el campo fresero onubense.

En las grandes extensiones freseras en Huelva (cerca de 8.000 hectáreas) hay un denominador común. No existe respeto, no se dignifica el trabajo que desarrollan los 50.000 temporeros, incluidos los 5.000 inmigrantes. ¿Signos de esclavitud? Juzguen ustedes. Es casi imposible encontrar a una sola empresa del sector que cumpla el convenio provincial del Campo en todos sus extremos. Las viviendas mejoran, pero muy lentamente. Aun así, en casas destinadas al cobijo de familias temporeras, con algo más de 25 metros cuadrados, no es nada extraño encontrarte con hasta 14 personas pertenecientes a distintas familias que son separadas por una simple cortina de tela o plástico. Chozas, tiendas de campaña, plásticos sostenidos por trozos de maderas..., son otras formas que se ven en zonas freseras y que da cobijo a gitanos, portugueses, lituanos, ecuatorianos o subsaharianos que están recogiendo fresas. No hay agua potable, no hay posibilidades de higiene, no hay luz, no hay nada.

Claro que hay guarderías, pero con plazas limitadas, insuficientes para la demanda de niños que se desplazan con sus padres. Igual ocurre con los colegios. Así te sueles encontrar con niños en edad escolar tirados en los campos esperando que vuelvan sus padres del trabajo. Algunos incluso trabajan.

No es destajo puro y duro, pero se asemeja. Los ritmos de trabajo o los topes de cajas que imponen en el desarrollo de la jornada laboral, para que el empresario obtenga buenos y amplios beneficios, están presentes -me atrevo a decir- en todos los tajos de fresas. El trato humano es humillante para la gente que trabaja: controlan el número de cigarros que se fuman trabajando, el número de veces que paras para hacer tus necesidades, el número de ocasiones que te pones de pie para enderezar tu cuerpo porque tu cintura te lo está reclamando.... Se manifiestan amenazas, hay tratos vejatorios por parte de los manijeros o encargados.

Las condiciones laborales son igualmente miserables para las posibilidades que tiene el sector y también para el tipo y el esfuerzo que cuesta una jornada normal de trabajo. La recogida de la fresa es un trabajo durísimo y pagar por un día 4.636 pesetas es ridículo y hasta vergonzoso. Aquí tienen una responsabilidad grandísima las organizaciones sindicales y los firmantes del convenio provincial.

No es exagerado decir que existen claros signos de esclavitud en nuestra provincia. No es ninguna invención nuestra, cualquiera de las afirmaciones que estamos haciendo y que el SOC viene sosteniendo como simple pero dolorosa realidad, están al alcance de quien quiera verla dándose un paseo por la zona fresera de Huelva.

Aunque nos gustaría dejar de denunciar estas injusticias, nos comprometemos públicamente a que mientras haya un solo caso de abuso laboral o social, en algún lugar de Huelva, allí estaremos sin dudarlo para denunciarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2001