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La izquierda y el sistema solar

Enrique Gil Calvo

A fines del año pasado coincidí con Santiago Carrillo en un acto conmemorativo de los 25 años de la transición que organizaban los alumnos de mi facultad. Y como los ponentes iniciales nos mostramos muy críticos con la baja calidad de la democracia instaurada, don Santiago se sintió aludido como protagonista coautor de la transición. Pero con socarrona habilidad salvó la cara asumiendo las evidentes deficiencias de nuestra democracia por el populista procedimiento de achacarlas a la diabólica perversidad del sistema capitalista. De este modo obtuvo el fácil aplauso de los estudiantes, que aceptaron de buen grado echar la culpa de todos nuestros males a la consabida globalización. Como el truco me pareció marrullero, en mi réplica le hice ver que culpar de nuestro déficit democrático al sistema capitalista era tanto como culpar al sistema solar. Don Santiago se lo tomó con humor, aprovechando mi chusca metáfora para insistir en su coartada anticapitalista. Y así prosiguió el debate, salpicado de irónicas alusiones al forzado paralelo entre el sistema solar y el sistema capitalista.

Reflexionando más tarde sobre mi ocurrencia, comprendí que la izquierda aún no sabe cómo afrontar el sistema capitalista, atrapada en el dilema de seguir creyendo que su misión histórica es luchar por derribarlo, como hacen los puristas de la izquierda romántica, o pasarse al enemigo de clase con armas y bagajes, según estilan los gestores socialdemócratas. Pero en ambos casos se sacraliza el sistema, ya sea para satanizarlo con radicalismo o sea para idolatrarlo a la manera neoliberal. Así se comporta como la Iglesia en tiempos de Galileo, empeñada en sostener la ilusoria pretensión de que sea el Sol del gran capital quien gire alrededor de la tierra prometida del paraíso socialista. Y la izquierda no madurará hasta que no renuncie a esta ingenua ilusión anticapitalista. Pues, siguiendo con la metáfora, no se trata de acabar con el sistema solar, sino de conquistarlo y colonizarlo. Ésta es la tarea que habrá de realizar la izquierda a lo largo del siglo que comienza: refundar su pensamiento para averiguar el modo no de superar el sistema capitalista, sino de adaptarse a él hasta domesticarlo. Y esto le exigirá a la izquierda una triple redefinición de la realidad.

Ante todo hay que redefinir la actitud de la izquierda ante las instituciones del mercado. El centro solar del sistema no reside en la propiedad privada, como creyó Marx, sino en la libre competencia de mercado, que constituye la palanca del progreso modernizador. El motor del cambio histórico es la competencia abierta: competencia tanto entre creadores (artistas, científicos, empresarios, profesionales) como entre mediadores (comerciantes, financieros, periodistas, políticos) y destinatarios (electores, espectadores, consumidores y usuarios). Por eso hay que incentivar y estimular la libertad de competir, en lugar de limitarla y restringirla hasta hacerla privativa de una cúpula excluyente, sea burocrática u oligárquica. Pues tan reaccionario es cerrar la libertad de mercado para reservarla en exclusiva al comercio protegido entre propietarios privados como hacerlo en beneficio monopólico del consenso entre políticos profesionales, el tráfico entre mafiosos depredadores o la colusión espuria entre intereses corporativizados.

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Y la primera libertad de mercado que hay que defender es el común derecho individual al trabajo (de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, nacionales y extranjeros), cuya libre competencia y movilidad universal hay que abrir y desarrollar. Esto plantea delicados problemas, como es el derecho a la libre inmigración a los paraísos sociales con derechos laborales protegidos: algo que el derecho de gentes deberá reconocer antes o después. Pero mientras tanto, queda mucho por reivindicar hasta abrir por completo al pleno empleo los mercados de trabajo, que conforman la institución central de la modernidad. Pues, como quería Marx, el capital no consiste tanto en derechos de propiedad como en trabajo humano acumulado. Y por eso la izquierda deberá refundar el capitalismo como el sistema del derecho universal al trabajo.

Tras el mercado, el pensamiento de izquierda debe redefinir su concepción del poder, que constituye la fuerza de gravedad del sistema. Por su propia naturaleza, el poder es jánico o bifronte, según sea que se ejerza o se resista a él. Dado su origen histórico en poblaciones sometidas, la izquierda ha tenido un concepto resistencial del poder, entendido como fuente de opresión, sede de injusticia y enemigo a vencer. De ahí que la conquista del poder haya constituido su objetivo estratégico, lo que le hizo definir su acción política en términos beligerantes y revolucionarios, con la toma de la Bastilla como programa máximo. Por eso, cuando ha ocupado el poder sólo ha sabido ejercerlo de forma castrense, imitando la bismarckiana revolución desde arriba con un despotismo ilustrado que busca regir burocráticamente a su tutelada sociedad. Es verdad que tras 1989 ya no quedan Bastillas que ocupar, por lo que la izquierda ha renunciado al estatalismo hasta hacerse neoliberal. Pero todavía subsiste la mentalidad arbitrista y tecnocrática, que caracteriza a la política de izquierdas con un estilo sectario de intervención paternalista, instrumentalizando el poder a favor de la propia clientela y en contra del designado enemigo de clase.

Pues bien, este ejercicio arbitrista y arbitrario del poder ha de ser sustituido por otra concepción arbitral, que lo defina en términos no interventores ni paternalistas, sino como una autoridad pública imparcial, capaz de mediar en los conflictos de derechos e intereses que atraviesan la sociedad civil. La protesta contra la injusticia debe traducirse en el siglo XXI por el reconocimiento y la protección de los derechos de todos los ciudadanos por igual, sea cual fuere su extracción de clase. Por eso la política de izquierdas, a la hora de reivindicar derechos, no puede caer en el sectarismo de ejercerlos lesionando los legítimos derechos ajenos. La lucha agresiva contra el enemigo de clase debe ser sustituida por el antagonismo civil contra el adversario político, al que se le reconocen exactamente los mismos derechos que se reivindican como propios, respetándolos en justa reciprocidad.

Y si se quiere desarrollar una política de cambio transformador, de acuerdo a un programa de izquierdas mayoritariamente consentido por el electorado, hay que lograrlo no desde arriba, imponiéndolo por la fuerza coactiva del poder administrativo, sino desde abajo, induciéndolo indirectamente para que surja por generación espontánea del seno de la sociedad civil. Como sostuvo Michel Crozier, 'no se cambia la sociedad por decreto', pues si se intenta, los efectos contraproducentes que emerjan podrían superar a los escasos beneficios contabilizados. De ahí que para obtener el cambio social programado se precise un ejercicio del poder no imperativo sino sutil, invitador y posibilista, que sea capaz de suscitar la participante cooperación del ciudadano. Lo cual descarta toda tecnocracia y aconseja un estilo de gobierno mucho más ligero, liviano, aseado y amable con el usuario.

Por último, la izquierda debe redefinir el campo de la cultura, entendida como voz de la sociedad. También aquí resulta demasiado pesada la herencia del bosquejo marxista, que redujo el papel de las instituciones a mera superestructura ideológica de la clase dominante. Por eso, la izquierda tiende a servirse de la opinión pública tomándola por una arena en cuyo terreno se juegan los conflictos de intereses. Y es verdad que en el campo de la cultura se ventila la gramsciana pugna por la hegemonía en los enfrentamientos de clase. Pero el tejido institucional es mucho más complejo que todo eso, pues sólo en su seno se construye, reproduce y transforma la cultura cívica de un país.

De ahí la necesidad de participar en las instituciones, influyendo en la definición pública de la realidad. Y esta necesidad es mucho más urgente en épocas como la nuestra de acelerado cambio social, cuando 'todo lo sólido se desvanece en el aire' (según la cita de Marx parafraseada por Berman). La reestructuración del tejido económico es tan profunda y agresiva que todas las instituciones se deterioran y resultan desautorizadas: empezando por la cultura civil, siguiendo con la memoria colectiva y acabando con la familia y la propia identidad. Por eso es imprescindible que surjan plurales iniciativas públicas capaces de liderar la reconstrucción futura de un nuevo tejido institucional.

Y en este campo de la cultura es donde la izquierda presenta hoy su mayor debilidad. Basta pensar en su acrítica aceptación de la nueva construcción de la realidad que la derecha nos propone para definir este cambio de siglo: determinismo tecnológico, imperialismo financiero, sociedad digital, nueva economía virtual. La reconversión del tejido productivo a estas nuevas necesidades artificialmente creadas presenta unos costes humanos y financieros que resultan ingentes, sobre todo si los comparamos con el rendimiento que tamaños recursos podrían generar invertidos en el desarrollo de la economía productiva, creando empleos allí donde todavía no los hay. ¿Cuánto ahorro humano se ha volatilizado en los agujeros negros de las bolsas financieras durante el año 2000, mientras dos tercios de la humanidad se hunden en la trampa de la exclusión? ¿Y qué hacen ante eso nuestros exquisitos izquierdistas de salón?: cantar las excelsas alabanzas progresistas de la nueva Ilustración digital, mientras aguardan despreocupados a que surja otro nuevo Romanticismo antimoderno, como respuesta reactiva a los monstruosos delirios del nacionalismo virtual. Entretanto, siempre imperturbable, prosigue su aciago curso el sistema solar.

Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense.

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