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Crítica:JAZZ - ORQUESTA NACIONAL DE JAZZ

Esperanzador primer paso

Ha dado el primer paso, y sin el tacataca del dinero público. Ahora conviene cruzar los dedos para que este audaz bebé no salga trompicado a la primera arruga del terreno. Como primer aviso, la Orquesta Nacional de Jazz de España ya ha recibido críticas por lo que se considera una selección de músicos sesgada por un criterio localista que favorece a los afincados en Madrid, pero el gerente, Nelson Hernán, pide paciencia y compara la formación con un paraguas que se irá abriendo poco a poco para albergar a un número creciente de instrumentistas de todo el Estado.Por lo escuchado en su primer concierto de pago, la ONJE tiene fuerza, y el valor se le supone, de modo que para alcanzar el nivel de orquestas similares de otros países sólo parece faltarle ampliar el fondo de músicos de calidad para formar un equipo sin titulares ni suplentes, bien curtido en horas de ensayo, y fomentar que las ideas fluyan bajo la mirada receptiva de un responsable cualificado. El veterano Ramón Farrán desempeña esta última función con solvencia y, junto al excelente compositor y arreglista Miguel Ángel Blanco, suscribe un repertorio que sabe españolear sin engordar el tópico.

Orquesta Nacional de Jazz de España Orquesta de 19 miembros dirigida por Ramón Farrán

Madrid. Círculo de Bellas Artes, 27 de septiembre.

En la Suite jaleos y El vito en el Congo resonaron aires populares andaluces y catalanes debidamente homogeneizados. La eterna referencia del crucial Sketches of Spain, de Gil Evans, se reveló demasiado poderosa para obviarla, pero las concienzudas orquestaciones de Farrán demostraron que pueden apartarse del modelo sin sentirse desamparadas, y aunque los ecos indeseables de la sala de columnas del Círculo de Bellas Artes tienen ya fama casi mundial, las secciones de metales, dispuestas de manera poco ortodoxa, acertaron a diseccionar el cuerpo sonoro con razonable precisión.

En el notable cuadro de solistas de viento destacaron Jaime Muela, diestro en los arabescos con el saxo soprano, y el trompetista Chris Kase, siempre esmerado y elocuente. El pianista Pedro Sarmiento, todo un cerebro, y el guitarrista Chema Saiz, experto en buscarle las vueltas a lo obvio, también firmaron improvisaciones convincentes. Culminadas con éxito estas dos sólidas piezas, el concierto entró en una fase de dudoso empaque a través de una balada de tintes casi eurovisivos, dicha con candor angelical por Natalia Farrán. Una bonita composición de Chano Domínguez, algo mortecina en su versión orquestal, culminó esa etapa más bien laxa.

Lo cierto es que a la orquesta le costó igualar las sensaciones del arranque en el resto del repertorio. El popurrí de clásicos de los años cuarenta machacó sobre terreno trillado a golpe reincidente de bossa nova y otros aires danzables del montón, aunque en el remate del concierto regresó sobre formas vigorosas y estimulantes que permiten mantener, intactas, las esperanzas en este valiente proyecto que aspira a vivir del público y no del apoyo económico público. Un empeño casi heroico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 29 de septiembre de 2000