Cuatro horas sin coches, en coche

Sin atasco

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Los técnicos municipales cuentan que el tráfico disminuyó ayer en un 15% por la mañana como consecuencia del Día sin Coches. El centro de Madrid, a las diez de la mañana, era un paraíso para los conductores. Las principales vías de la ciudad recordaban bastante a aquéllas de los últimos días de agosto, cuando todos están ya de vuelta de las vacaciones pero no necesitan aún el coche para acercarse a sus respectivos trabajos. A las nueve menos cuarto de la mañana, la glorieta de Embajadores mostraba un rostro estival ya olvidado por los miles de conductores que cada día laborable intentan atravesarla en un tiempo razonable. Los habituales atascos habían desaparecido de sus cruces.

Los turismos, taxis y autobuses se dirigían sin problemas hacia la ronda de Valencia. No había camionetas en doble fila, porque ocupaban a sus anchas el carril-bus, normalmente tomado por furgonetas más madrugadoras, ni los semáforos se hacían eternos.

Había más sorpresas en el camino. El paseo de Reina Cristina, junto a la glorieta de Atocha, no era como siempre un cementerio de coches en punto muerto. Por el contrario, los vehículos avanzaban metódicos hacia la glorieta de Mariano de Cavia a más 30 kilómetros por hora. Por lo general, este trayecto de poco más de 500 metros exige la detención del vehículo media docena de veces.

Sin embargo, al llegar a la avenida de Menéndez Pelayo la suerte cambió. Como todos los días, el inicio de la calle presentaba esa acumulación de turismos y autobuses que hace irrealizable llegar a su final en menos de quince minutos. Pero sólo fue un espejismo causado por dos taxistas que discutían en mitad de la calle sobre quién debía tomar a un ciudadano que había levantado la mano sin pensar cuál de los dos profesionales estaba más cercano.

Sorteada la temprana discusión tras un par de minutos de espera, los vehículos pudieron seguir camino hacia los siempre congestionados cruces de O'Donnell y Alcalá. Pero ayer no se veían coches cruzados en las intersecciones, ni agentes luchando contra un tráfico que les supera cada día.

Por el contrario, el inicio de Príncipe de Vergara se mostraba tan despejado como esas ciudades americanas de las series de televisión en las que los héroes encuentran siempre sitio en la puerta para aparcar.

En poco más de diez minutos, Príncipe de Vergara, con sus tres carriles en cada dirección habitualmente atascados, fue atravesada hasta su cruce con María de Molina.

El camino que el conductor realiza normalmente en setenta minutos, ayer se acortó de forma espectacular. Había llegado a su destino en sólo treinta.

Y eso le permitió dar media vuelta y convencerse de que por un día el tráfico había mejorado. Dirigió su vehículo otra vez hacia el centro. Volvió a bajar sin hallar ni una sola retención por María de Molina para tomar a continuación López de Hoyos y la calle de Serrano.

Eran poco más de las 9.30 cuando se adentró en la casi siempre taponada avenida. Pero no había congestión. La calle de Serrano era una balsa de aceite. A mitad de trayecto, vio aparcadas unidades móviles municipales de control de la contaminación y ruido constatando lo que era un hecho: Madrid había dejado de ser por unas horas una ciudad infernal para los conductores. Luego, llegó a la plaza de la Independencia. Giró en dirección a Cibeles y descubrió a la policía municipal agilizando el tráfico hacia Alcalá y Gran Vía.

-Pero, ¿no estaba prohibido hoy circular por estas calles? -les preguntó el conductor al llegar junto a los agentes.

-Sí, pero eso es a partir de las diez, y ahora son las diez menos un minuto -respondió con precisión el policía municipal.

Y tras decirlo, colocó una valla metálica amarilla en mitad de los carriles de subida de Alcalá y a partir de entonces no dejó pasar a nadie.

Los conductores que intentaban tomar esa calle no se quejaron del corte. Era el Día sin Coches en Madrid y había que respetarlo.

El paseo del Prado estaba completamente despejado. A las diez de la mañana de cualquier día laborable, y más un viernes, adentrarse por esta vía de circulación supone un gran desgaste para los nervios. Pero, ayer, en sólo unos pocos minutos, se podía alcanzar la glorieta de Atocha, y girar desde allí otra vez hacia el norte para descubrir una Castellana sin demasiados vehículos por sólo unas horas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 22 de septiembre de 2000.

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