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Tribuna:

La soledad del tigre

En las lecturas con lupa de las carteleras de cine aparece siempre una constante en la que tropezamos una y otra vez, y siempre con agrado. Los contornos de esta constante son fácilmente reconocibles: un tipo de películas que obedece al patrón genérico llamado en EE UU thriller, y en Europa, cine negro, derivación de la colección de negruras novelescas de la Série Noire francesa. Es raro, muy raro, que en una de esas tediosas lecturas rituales de la oferta vigente de cine no se deduzca un buen número de títulos a los que es posible agrupar dentro de las lindes de ese género o serie o modelo. Y puesto que la incorporación del thriller al equipaje de los géneros cinematográficos no es cosa de ahora, sino una esquina sagrada del cine clásico, no es aventurado deducir que, puesto que esa demanda de relatos negros se ha mantenido sin decaer durante décadas, alguna razón persistente debe haber en ello.Algo hay que la gente común buscamos en estos intrincados rituales laicos. Probablemente es el hilo de un eco del subsuelo que se remueve bajo la quietud del suelo que pisamos. Tienen estos relatos oscuros una singular capacidad iluminadora que nos hace demandarlos sin cesar, y de ahí que se mantenga siempre casi intacta su oferta en la producción de películas, tanto a esta orilla como a la otra del mundo, donde con cualquier acento de cualquier idioma encuentra uno, a poco que busque en las carteleras de cualquier latitud urbana, un thriller nuevo o viejo al que echar una mirada liberadora cuando se siente uno preso por los síntomas del ahogo o del cerco. Porque es ésa la paradoja que esconden estas recias películas, que nos dan luz dando forma a una negrura; nos cuentan cuentos de muerte para despertar en nosotros una emoción vivificadora; nos hacen tirar del hilo de historias de acoso y de encerrona para proporcionarnos una sensación de recuperación de la libertad perdida; nos atrapan en la red de la inmensa soledad de un tigre que merodea en las junglas urbanas para hacernos percibir la soltura de la solidaridad.

En esos aludidos repasos con lupa de la oferta viva de cine es frecuentísimo toparse con los fogonazos de títulos como Laura o Gilda, o La jungla de asfalto o Anatomía de un asesinato, o el de muchas otras cumbres clásicas del viejo e imperecedero género negro. Estos mismos títulos y otros son los que encontré hace poco incrustados en la lista de alrededor de treinta thrillers recién hechos y en pantalla; la mayoría, estúpidos e indiferibles. Pero sentí el calambre de una sorpresa al descubrir que detrás de otro título, El silencio de un hombre, se esconde El samuray, filme extraño, casi secreto, realizado al final de los años sesenta por Jean-Pierre Melville, un cineasta francés también secreto y ya muerto. Es uno de los más exactos, complejos y exquisitos ejercicios de orfebrería negra que se han hecho. Su laconismo sigue siendo, después de más de tres décadas de silencio absoluto, un milagro de elocuencia, uno de los destellos más elegantes de esa misteriosa luminosidad de lo oscuro en que consiste la metáfora del vasto poemario del thriller cinematográfico, en el que los hombres comunes nos vemos a nosotros mismos ennoblecidos en el ascua pálida de la mirada de un tigre que merodea en los laberintos y vericuetos de su jungla urbana: un espejo perturbador, porque esa sensación de nobleza nos la devuelve un hombre que construye con su violencia su destino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de julio de 2000