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Tribuna:

Historias

A mediados de los años ochenta, Jacques Delors, por entonces a la cabeza de la Comunidad Europea, encargó a una docena de académicos pertenecientes a los países miembros que redactaran una breve historia de Europa. El proyecto jamás se llevó a cabo, porque los historiadores no consiguieron ponerse de acuerdo sobre el contenido del libro. Esto es, cada cual quería soltar su propia versión, totalmente teñida por los mitos patrios. No cabe duda de que la objetividad histórica no existe. Manipulamos el pasado colectivo de la misma manera que manipulamos nuestra memoria individual, recordando las cosas interesadamente. Claro que no todas las tergiversaciones son igual de burdas y embusteras. Los sistemas autoritarios, por ejemplo, mienten como bellacos; recordemos las ridículas patrañas históricas del franquismo, o cómo Stalin borraba el nombre y la foto de Trotsky de la Enciclopedia Rusa. Es verdad que la historia la escriben los vencedores; pero también es verdad que uno de los mayores logros de la democracia consiste en la coexistencia de múltiples versiones del pasado. De las distintas traducciones de la vida, porque cada cual vive la existencia desde sus propios ojos.

No me choca, por tanto, que los libros de historia de las diversas comunidades autónomas tengan contenidos distintos. Ahora bien, es evidente que, en la construcción de esas "miradas propias" se pueden alcanzar extremos cretinos. Como cuando dicen, en un libro catalán, que "el Ebro es un río que nace en tierras extrañas". Por citar sólo un ejemplo entre bastantes. Es como borrar a Trotsky, una barbarie; y me parece de perlas que la Academia de la Historia haga un informe sobre la situación. Eso es justamente lo suyo, su trabajo, y debería favorecer el debate académico, y no este guirigay zafiamente político que se ha montado. Por lo demás, no creo que los libros deban ser revisados obligatoriamente por el Gobierno, y ni siquiera por una junta de historiadores: se correría el peligro de unificar la memoria y mutilar otras versiones del pasado. La única manera de acabar con estos excesos de burricie es la autorregulación, la madurez social. Algo difícil de conseguir, porque los humanos somos unos mostrencos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de julio de 2000