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La cumbre de Clinton y Putin concluye sin avances claros sobre el escudo antinuclear

Bill Clinton y Vladímir Putin acordaron ayer lo que ya estaba acordado y mantuvieron sus diferencias previas. Desde esa perspectiva, podría decirse que la cumbre de Moscú no sirvió de mucho. Sería injusto. Los líderes de las dos superpotencias nucleares aprobaron compromisos importantes, como el que crea un centro de alerta temprana antimisiles y el de reconversión para usos pacíficos de 68 toneladas de plutonio. En el tema clave, Putin no aceptó el escudo anticohetes que defiende EEUU, pero coincidió en la amenaza que suponen los llamados Estados delincuentes y en hacer más eficaz el tratado ABM anticohetes balísticos.

Los dos presidentes han ofrecido en los dos últimos días signos de que pueden entenderse por encima de sus diferencias de origen, ideología y temperamento. Clinton, que hoy se entrevistará con su viejo amigo Borís Yeltsin, ha podido comprobar la distancia que separa a Putin del primer presidente de Rusia, limitado en su última etapa por el consumo excesivo de vodka y sus graves problemas de salud. Ahora hay en el Kremlin un líder joven, fuerte, seguro de sí mismo, que suscita tantas esperanzas como temores, y con el que habrá que contar durante mucho tiempo, tal vez hasta 11 años. Por eso, Clinton más que presionar para obtener resultados inmediatos, se ha esforzado en crear el clima de diálogo que debe favorecer una relación estable entre los dos viejos adversarios. El vicepresidente de EEUU, Al Gore, recogería probablemente esa herencia sin alterarla, si gana la presidencia en noviembre, y no es previsible que el republicano George Bush la rechazase si es él el que triunfa.

Clinton no ocultó su preocupación por el futuro de la libertad de prensa en Rusia ni su desagrado por el desarrollo de la llamada "operación antiterrorista" en Chechenia. Pidió una solución pacífica al conflicto del Cáucaso y el libre acceso de las organizaciones internacionales para investigar las denuncias de violaciones de los derechos humanos.

Sin embargo, no dejó que esas cuestiones echaran a perder la cumbre. Antes al contrario, recordó que Yeltsin trajo la democracia a su país (no aludió a la desigualdad y la corrupción que la acompañó) y consideró capaz a Putin de seguir por esa vía y construir una Rusia fuerte y próspera, preservando al mismo tiempo la libertad y el imperio de la ley. Putin quiso tranquilizar a quienes en EEUU ven todavía un reflejo del viejo enemigo comunista y prometió que no eligirá la vía de la confrontación.

Además de poner a punto de firma el acuerdo para reconvertir 68 toneladas de plutonio, Clinton y Putin decidieron abrir en Rusia, en un plazo no superior a 18 meses, un centro conjunto para el intercambio urgente de información sobre el lanzamiento de misiles balísticos, lo que permitirá reducir, entre otras cosas, crisis provocadas por errores o accidentes. También suscribieron declaraciones sobre la lucha contra el calentamiento progresivo del planeta, y los principios de la estabilidad estratégica.

Este último documento recoge la filosofía que puede conducir a un compromiso sobre el escudo antimisiles que pretende Clinton, y que tal como ahora se presenta obligaría a enmendar el ABM, que Rusia considera la piedra angular del equilibrio estratégico de las tres últimas décadas. Los dos presidentes confirman su adhesión al tratado y defienden la necesidad de fortalecerlo y hacerlo más efectivo.

No es demasiado, pero podría permitir futuras modificaciones del ABM, una posibilidad que, según Clinton, fue discutida con Putin, aunque sin resultados. Ambas partes coinciden en que la miniguerra de las galaxias que defiende Clinton debe ligarse a la continuación del proceso de desarme y a la negociación del tratado START III de reducción de armas nucleares de largo alcance. Clinton reconoció ayer que la Duma (Cámara baja), que tardó siete años en ratificar el START II, tomó luego la delantera al hacer otro tanto con el tratado de prohibición de pruebas atómicas, y confió en que el Senado de su país haga lo propio.

No hubo ni una palabra en la conferencia de prensa conjunta sobre la contrapropuesta rusa de un sistema de defensa antimisiles compartido con EEUU. Sin embargo, en la entrevista concedida luego a la emisora de radio Eco de Moscú, Clinton aclaró que no tendría objeción a esta fórmula de no ser porque exige 10 años para ser ser desarrollada técnicamente y, en su opinión, la amenaza a la seguridad de sus países por parte de los países delincuentes puede suscitarse antes de cinco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de junio de 2000

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