Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

La otra inmigración

La llamada "nueva economía" está creando a marchas forzadas su propio cupo de inmigrantes: los expertos en informática. Para este tipo de técnicos cualificados, que nada tiene que ver con quienes buscan un hueco en los últimos escalones de la economía tradicional, las leyes restrictivas de la inmigración no cuentan. Alemania dio ayer los primeros pasos legales para contratar en los próximos cinco años a 20.000 informáticos en el exterior, sobre todo en India y en los países del este europeo. Supone abrir generosamente las fronteras migratorias en un país que ha restringido fuertemente la inmigración económica desde 1973. Clinton acaba de pedir al Congreso un sustancial aumento del cupo anual de imigrantes cualificados -de 115.000 a 200.000- autorizados a trabajar en Estados Unidos.La decisión tiene una motivación económica apremiante: la mano de obra interna cualificada es insuficiente para satisfacer la fuerte demanda del sector de las nuevas tecnologías. Tanto Clinton como Schröder, de acuerdo con los empresarios del sector, se manifiestan en este punto a favor de una apertura más amplia a la inmigración. En el caso de EE UU, los republicanos, en casi todo opuestos a Clinton, apoyan con entusiasmo su idea de abrir más las puertas a informáticos, matemáticos e ingenieros procedentes de países subdesarrollados.

Es difícil objetar las razones de una inmigración selectiva y especializada, que tiene que ver con la tradicional "fuga de cerebros" de los países pobres a los ricos. Pero que no existan objeciones de fondo no significa ausencia de problemas. Esta inmigración cualificada los plantea quizás en mayor medida que la inmigración más común. En los países receptores se crea una dualidad de trato migratorio, próximo al agravio comparativo, que tiene difícil justificación por parte de los Gobiernos. Y que provoca fuertes reticencias en sectores sindicales -pero no sólo- que temen que esa inmigración sirva de coartada para abaratar salarios y no invertir en educación. En Estados Unidos y en Alemania, la polémica está servida.

En España, las necesidades de las nuevas tecnologías no son de momento tan acuciantes; pero, si llegan a distanciarse del nivel de educación de nuestros jóvenes, será inevitable llenar el vacío con técnicos llegados de fuera. Cuanto menos se invierta en educación y en formación, tanto más habrá que recurrir a la inmigración

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 1 de junio de 2000