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Una amnistía liberará a más de 100.000 presos y aliviará el hacinamiento de las cárceles rusas

No es frecuente que los diputados de la Duma voten por unanimidad. Ayer fue uno de esos raros días y más de 100.000 presos tienen motivos para celebrarlo. La Cámara baja del Parlamento aprobó una amnistía que hará hueco en unas cárceles que parecen de la Edad Media y donde se hacinan más de un millón de reclusos. Será un parche como el de hace un año. Se dijo entonces que la medida podría plasmar el deseo del ya entonces primer ministro, Yevgueni Primakov, de buscar sitio a los delincuentes económicos, más merecedores de pasar una temporada a la sombra que centenares de miles de delincuentes menores.

Vana ilusión. Robar unos kilos de patatas o poseer unos gramos de marihuana puede llevar a un desgraciado a sufrir todo el rigor de la ley, pero brillan por su ausencia en las espantosas cárceles rusas los condenados por la corrupción que sangra el país hasta dejarle exhausto o por cualquiera de los más de mil asesinatos de corte mafioso que se cometen cada año. La amnistía acordada ayer tiene como pretexto inmediato la celebración del 55º aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi, y los veteranos de esa contienda, y de otras como las de Afganistán o Chechenia, estarán en cabeza de la lista de beneficiados. Junto a ellos, enfermos, ancianos, mujeres y, más específicamente, presos preventivos y condenados a menos de un año o a los que quede por cumplir menos de ese plazo de su condena. Según el ministro de Justicia, Yuri Chaika, impedirá además el futuro encarcelamiento de buena parte (unos 200.000) de los procesados en espera de juicio.Las amnistías no son demasiado populares entre la población rusa, partidaria de que "quien la haga la pague" y que, cuando es preguntada en las encuestas, se inclina de forma ampliamente mayoritaria a favor de la pena de muerte, que hace tres años que no se aplica, aunque no esté oficialmente abolida.

Uno de los reparos a las medidas de gracia es que haga aumentar la delincuencia callejera. En el Ministerio de Justicia se echa mano de estadísticas para demostrar que ese temor no tiene base, ya que, al parecer, el índice de reincidencia entre los amnistiados es mucho menor que entre los presos que cumplen sus sentencias.

Con frecuencia, lo peor de las cárceles rusas no es la privación de libertad, sino las penosas condiciones de vida, desde la escasez del presupuesto para alimentación, a la insalubridad, la práctica rutinaria de los malos tratos por los funcionarios y, sobre todo, el hacinamiento.

Es frecuente, casi habitual, que celdas diseñadas para alojar a 30 reclusos tengan más de cien. Ésa es una de las causas principales del aumento de los casos de tuberculosis, que afecta al 10% de la población reclusa, lo que además hace aumentar el riesgo en el conjunto del país, donde el bacilo de Koch se ha extendido hasta más allá de la frontera de la epidemia. También el sida se propaga de forma exponencial. Lo más probable es que el hueco que ahora se abrirá en las prisiones no tardará en llenarse, como ocurrió hace un año. Por algún tiempo, poco, la cifra de presos bajo entonces del millón.

El paso del control de las cárceles desde el Ministerio del Interior al de Justicia fue recibido como un importante paso adelante por las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos, que llevan décadas denunciado la tragedia de las cárceles rusas. Pero el cambio real es apenas perceptible. La situación económica del país no permite ni construir nuevos centros penitenciarios ni mejorar sustancialmente los existentes.

No es raro, por tanto, que haya surgido la idea de crear cárceles privadas. Chaika se manifestó ayer a favor, pero dijo que la situación no está madura de momento para conseguirlo. No se pronunció sobre las peticiones de cambios legislativos para eliminar las penas de cárcel para delitos menores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de mayo de 2000

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