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Tribuna:

LA CRÓNICA Los inocentes JAVIER CERCAS

La primera vez que vi Girona fue en un mapa. Mi madre, que entonces era muy joven, señaló un punto remoto en el papel y me dijo que era ahí donde estaba mi padre. Meses más tarde hicimos las maletas. Hubo un viaje larguísimo, y al final una estación leprosa y aldeana, rodeada de edificios de lástima envueltos en una luz mortuoria y maltratados por la lluvia sin compasión de diciembre. Era la ciudad más triste del mundo. Mi padre, que nos aguardaba en ella, nos llevó a desayunar y nos dijo que en aquella ciudad imposible se hablaba una lengua distinta de la nuestra, y me enseñó la primera frase en catalán que pronuncié: "M"agrada molt anar al collegi". Luego nos encajamos como pudimos en el dos caballos de mi padre y, mientras nos dirigíamos a nuestra nueva casa por la desolación hostil de aquella ciudad ajena, estoy seguro de que mi madre pensó y no dijo una frase que pensó y dijo cada vez que llegaba el aniversario del día en que hicimos las maletas: "¡Menuda inocentada!". Era el día de los Inocentes de hace 33 años.El desierto de los tártaros es una novela extraordinaria de Dino Buzzati. Se trata de una fábula un poco kafkiana en la que un joven teniente llamado Giovanni Drogo es destinado a una remota fortaleza asediada por el desierto y por la amenaza de los tártaros que lo habitan. Sediento de gloria y de batallas, Drogo espera en vano la llegada de los tártaros, y en esa espera se le va la vida. Muchas veces he pensado que esa fábula sin esperanza es un emblema del destino de muchos de los que hicieron las maletas. Como muchos de ellos, mi madre se pasó la juventud esperando el regreso, que era siempre inminente. Así transcurrieron 33 años. Como para algunos de los que hicieron las maletas, para ella no fueron tan malos: después de todo, mi padre tenía un sueldo y un empleo bastante seguro, que era mucho más de lo que tenían muchos. Yo creo que mi madre, de todos modos, igual que muchos que hicieron las maletas, nunca acabó de aceptar su nueva vida y, acorazada en su empleo excluyente de ama de casa de familia numerosa, vivió en Girona haciendo lo posible por no advertir que vivía en Girona, sino en el lugar en el que hizo las maletas. Esa imposible ilusión duró hasta hace unos años. Para entonces las cosas habían cambiado mucho: Girona era una ciudad alegre y próspera, y su estación un moderno edificio de paredes blanquísimas e inmensas cristaleras; por lo demás, algunos de los nietos de mi madre ni siquiera entendían su lengua. Un día, cuando ninguno de sus hijos vivía ya con ella y ya no podía protegerse de la realidad tras su trabajo excluyente de ama de casa y por tanto tampoco podía esquivar la evidencia de que, 25 años después, aún vivía en una ciudad que no había dejado de serle ajena, le diagnosticaron una depresión, y durante dos años su única ocupación fue mirar al vacío y llorar. Quizá también pensaba, pensaba en su juventud perdida y, como el teniente Drogo y como muchos de los que hicieron las maletas, en su vida consumida en una espera inútil y quizá también -ella, que no había leído a Kafka- en que todo eso era un malentendido y en que ese malentendido iba a matarla. Pero no la mató, y un día en que ya empezaba a salir del pozo de años de la depresión e iba con su marido al médico, un caballero le abrió una puerta y cediéndole el paso dijo: "Endavant". Mi madre le contestó: "Al médico". Porque lo que mi madre había entendido era "¿adónde van?" o quizá "¿ande van?". Dice mi padre que en ese momento se acordó de la primera frase que, más de 25 años atrás, me había enseñado a decir en catalán, y también que comprendió de golpe a mi madre, porque comprendió que llevaba más de 25 años viviendo en Girona como si nunca hubiera salido del lugar en el que hizo las maletas.

Al final de El desierto de los tártaros, los tártaros llegan, pero la enfermedad y la vejez impiden a Drogo satisfacer su sueño postergado de enfrentarse a ellos; lejos del combate y de la gloria, solo y anónimo en la habitación en penumbra de una posada, Drogo siente que se acerca el fin, y comprende que esa es la verdadera batalla, la que siempre había estado esperando sin saberlo; entonces se incorpora un poco y se arregla un poco la guerrera, para recibir a la muerte como un hombre valiente. Yo no sé si los que hicieron las maletas regresarán nunca; me temo que no, entre otras cosas porque ya habrán comprendido que el regreso es imposible. Tampoco sé si alguna vez pensarán en la vida que se les ha ido en la espera, o en que todo esto ha sido un terrible malentendido, o en que se engañaron o, peor aún, en que alguien les engañó. No lo sé. Lo que sí sé es que dentro de unas horas, apenas se levante, mi madre pensará y tal vez diga la misma frase que lleva repitiendo desde hace 33 años en este mismo día: "¡Menuda inocentada!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de diciembre de 1999