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Tribuna:

Telebasura

MIGUEL ÁNGEL VILLENA

Ni pública, ni de calidad, ni defensora de la normalización del valenciano, ni protectora de los derechos de la infancia y de la juventud, ni impulsora de la igualdad entre hombres y mujeres, ni garante de una industria audiovisual autóctona. Todos los principios que inspiraron a finales de los años ochenta la creación de la Ràdio Televisió Valenciana han sido incumplidos de forma sistemática, alevosa e impune. "Canal 9 nunca ha cumplido las expectativas iniciales", ha declarado esta semana María García-Lliberós, la que fuera directora general de Medios de Comunicación de la Generalitat y una de las principales artífices de aquel proyecto que ilusionó a buena parte de la sociedad valenciana. "Apenas la veo y no me gusta", ha añadido García-Lliberós en una sentencia que podrían suscribir cientos de miles de espectadores hastiados de un canal que ha convertido la zafiedad y el mal gusto en su estandarte. Pero ya desde las lluvias socialistas podían intuirse los lodos de los populares.

Poco antes de ocupar el cargo de primer director general de RTVV, Amadeu Fabregat -que hoy sigue en el negocio televisivo fiel al lema que lo hizo famoso de Molly Brown siempre a flote- anunció que Canal 9 sería una suma de las Fallas de Valencia, las Hogueras de Alicante y la Magdalena de Castellón. Quienes no conocían bien al en su juventud enfant terrible de la cultureta podían pensar que se trataba de una fantasmada, una de esas frases provocadoras que tanto le gustaban al periodista de Torreblanca. Pero aquella frase encubría toda una declaración de principios, pactada con el entonces presidente de la Generalitat, Joan Lerma, y con el resto de la cúpula socialista. Envuelta ahora en escándalos de censura informativa y de balances que no cuadran, la televisión valenciana sigue derrochando miles de millones de pesetas por vía de impuestos. Una década después de su puesta en marcha Canal 9 es una más de las frustraciones de muchos valencianos. El esfuerzo de cambiar las cosas ha resultado inútil y sólo ha conducido a la melancolía o al cabreo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de noviembre de 1999