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Tribuna:

La puerta hortera JOSEP MARIA MONTANER

La Barcelona contemporánea puede ser interpretada desde muy diversas escalas. A grandes rasgos es una ciudad modélica por su estructura densa y compacta, por su patrimonio histórico, por su relación con el mar y por la calidad de sus espacios públicos. Pero mirada con detalle cuesta encontrar ejemplos de arquitectura reciente que sean realmente emblemáticos. Es más, espacios urbanos altamente representativos, como la plaza de Catalunya, son decepcionantes por su arquitectura, por el mobiliario urbano y por los usos de sus bajos comerciales, con franquicias que podrían estar en cualquier lugar. Tampoco la avenida de la Catedral se salva de la pérdida paulatina de calidad. Mejor no había podido empezar su modernidad: la sede del Colegio de Arquitectos, proyectada por Xavier Busquets, con los tres frisos creados por Picasso, edificio que fue resultado de un concurso convocado en 1958. Y la intervención en la plaza dirigida en 1991 por Màrius Quintana y Montserrat Periel fue tan eficaz como impecable. Sin embargo, los edificios de nueva planta y las restauraciones que se han realizado han ido de mal en peor, incapaces de medirse con la responsabilidad de intervenir en un espacio con tanta historia: la ampliación del Colegio de Arquitectos es demasiado neutra, tímida y mimética; el nuevo edificio, junto al palacio episcopal, tiene un exceso de historicismo y pintoresquismo, y la rehabilitación de la Casa de l"Ardiaca es atractiva en sus ideas generales y en su fachada horadando la muralla romana, pero es frágil en su realización y en sus interiores.Pero la obra peor, inaceptable en una ciudad como Barcelona y en un lugar tan representativo como esta plaza, es la reforma del Museo Diocesano de Barcelona, justo al lado de la catedral. Estamos ante un ejemplo de todo aquello que no se debe hacer, una muestra pura de mala arquitectura, una especie de antimodelo.

En el interior ninguna de las soluciones se generaliza y unifica: aquí se ven los restos de la estructura antigua y allí se esconden; aquí se es historicista y allí moderno; en este muro se utiliza un color y en ése otro; algunas partes se conservan y otras se transforman; aquí se sigue un interiorismo de lujo, allí de arte povera; en una sala se sigue un tipo de museografía y en otra uno distinto; unas paredes están vacías y otras abigarradas; en cada rincón ha de haber un gesto distinto, cada peana para cada pieza es específica y en la totalidad del museo quedan presentados una variedad excesiva de materiales. En el museo sobra de todo y falta unidad y gusto. Resulta un interior laberíntico y caótico, con salas de las más contrapuestas identidades.

Lo que aflora en el exterior no puede ser más inquietante: como no se sabe que hacer con las ventanas, la mayoría de éstas se inutilizan tapándolas; la antigua galería superior queda cerrada con cristales para disponer de otra sala, y la vieja torre romana que sobresalía se ha recrecido con un paramento de vidrio armado y con unos muros de hormigón pintado, de color y textura inaceptables para un lugar tan monumental.

El broche de oro se ha puesto recientemente al añadir en la planta baja una nueva puerta, una reja que no hacía falta ya que hay una sólida puerta recubierta de contrachapado de madera. Se supone que se ha añadido la reja para evitar que algún paseante tenga la ocurrencia de orinarse o que algún vagabundo tenga la tentación de dormir en el hueco de la puerta. Una lección de hospitalidad. Una reja de formas torturadas, gratuitas y gruesas que nada tiene que ver con el entorno. Una puerta hacia lo hortera.

Y es que si se empieza a ceder ante las preferencias del turismo de masas y se dejan aflorar los gustos más retrógrados, se irán oficializando los rostros horteras de Barcelona, como el que promueve el recorrido nocturno con un trenecillo turístico tipo Benidorm que se inauguró el pasado verano y que muestra el parque temático de la ciudad gótica y modernista.

De esta manera, Barcelona irá entrando en el imaginario internacional del kitsch. Segunda capital de Europa más visitada después de París, es una de las ciudades más deseadas de todo el mundo. Tan deseada que, en una reciente encuesta del National Geographic sobre el destino preferido para pasar el fin del milenio, Barcelona ha quedado la primera, por delante de París y Nueva York. Y que, por ejemplo, uno de esos nuevos conjuntos residenciales cerrados norteamericanos, el Lake Las Vegas Resort -una ciudad en el desierto, promovida por algunos empresarios de Las Vegas, con lagos artificiales y campos de golf-, no sólo va a tener barrios que mimetizan el "estilo mediterráneo" de Florencia -con su Ponte Vecchio-, Siena, Venecia, Mónaco y Marsella, sino que otro de los barrios de ensueño va a estar inspirado en Barcelona. Dentro del proceso de topificación de las ciudades, pronto podremos comprobar cuáles son los iconos barceloneses que se reproducen en Lake Las Vegas Resort.

De momento ya tenemos nuestra puerta hortera en la avenida de la Catedral: un punto de encuentro que a la vez es un serio aviso de hacia dónde puede tender una ciudad que había sido modélica al supervisar rigurosamente la calidad de su arquitectura y sus espacios públicos, pero que paulatinamente va cediendo ante las presiones de los intereses privados y de los gustos retrógrados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de noviembre de 1999