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LA CRÓNICA Diálogo entre los muertos y los vivos MONIKA ZGUSTOVÁ

1. Mandolinas, guitarras, contrabajos; un banjo, un cistre y una mandora, todos ellos callados. De repente, el sonido de un grillo irrumpe entre los polvorientos instrumentos, enmudecidos desde hace tiempo. Sí, es un grillo, ese rascar de cuerdas tan característico de los prados, de las noches de verano. Una tambura y un sitar de la India, un sarangi y un rebab de Marruecos; y el canto del grillo va acercándose a medida que avanzo por el pasillo del Museo de la Música de Barcelona. En una vitrina se perciben dos cajitas decorativas donde conviven y cantan varios grillos. Mientras los instrumentos musicales esperan en el silencio que alguien los haga cantar, los grillos entonan su canción sin necesidad de nadie. Yang ch"in, san hsien, erh-hu, todos esos instrumentos chinos, mudos aquí en el museo barcelonés, en el Oriente vibran con alegría, mientras los grillos combaten en las populares peleas de grillos. Se trata de la instalación de la canadiense Jana Sterbak, una de los 23 artistas de 12 países que participan en Dobles vidas, la extensa exposición internacional repartida por 15 museos de Barcelona, organizada por el Instituto de Cultura, en una apuesta inteligente y osada. Una exposición inédita en la que el arte contemporáneo se inspira en -y compite con- el diversificado panorama de los museos de Barcelona, se deja acompañar por sus variadísimas colecciones y por los distintos estilos arquitectónicos de los edificios que los acogen. 2. Una veleta marina filotécnica, un hidrógrafo Siap, una cabra salvaje, un oso polar, todo eso en el Museo de Zoología. Y tres tigres, una pantera y un leopardo, todos atrapados en una telaraña, como si fueran insectos; los animales más feroces están aquí, en este momento convertidos en insectos esperando al devorador. La telaraña de hilo de nailon, fina, reluciente, obra del artista Javier Pérez, obliga al espectador a revisar sus nociones tanto sobre el reino animal como acerca del mundo en el que vive. 3. Por una serpenteante carretera del bosque de Collserola, en medio de una frondosidad de pinos altos y robustas encinas, llego a una mansión de finales del siglo XIX, la que fue última residencia del poeta Jacint Verdaguer. Tres habitaciones, oscuras como una capilla, acogen la obra de Perejaume. En la entrada, la cabeza de yeso de Verdaguer está suspendida al revés, y parece que la han apartado de algún lugar prominente... Y en la mente surge la escena de la película La mirada de Ulises, de Theo Angelopoulos, en la que, en algún país del Este, tras la caída del muro, una gigantesca estatua de Lenin, derruida, yace en una larguísima nave que la transporta lenta y majestuosamente desmañada como la de un muñeco. En la penumbra del museo Verdaguer, la cabeza del mossèn, de ese romántico après la lettre, cuelga, aún más impotente, aún más desolada que la de Lenin, aún más desechada y prescindible; la única huella que ha dejado tras de sí es una triste línea de yeso. 4. En medio de la cuidadosamente regada y podada decadencia de los jardines del Palacio Real de Pedralbes se halla esa pequeña joya de lo postizo y lo kitsch: el palacio de cartón piedra, construido hace apenas un siglo para los reyes de España. En el primer piso topo con un suntuoso banquete, obra de Susy Gómez, una mesa llena de postres descomunales, hundidos en montañas de nata de porcelana; la obra juega con la artificialidad y la grandilocuencia del absurdo seudorrococó del palacio que la alberga. Otra escena que parece surgir de un sueño surrealista se me presenta en el Salón del Trono del mismo palacio: en un escenario desmesuradamente recargado se ha posado un gigantesco huevo dorado, obra también de Javier Pérez. este objeto, simple y elegante en su desnudez, cargado de significado y anunciador de vida, me invita a huir del progreso y de la civilización -en este salón convertida en puro ridículo- para retornar al origen. 5. El origen, sí, también en el Museo de Geología: una concha del plioceno, un hueso de elefante del pleistoceno, un hueso de bisonte prehistórico... y entre los fósiles y los huesos y las rocas hallo una piedra del Pirineo, una piedra granulosa con asas para colgársela en la espalda, otra obra de Jana Sterbak: una mochila-piedra pesada, una roca de tiempos inmemoriales, una losa tan antigua como el hombre y su destino, que no es otro que el del mítico Sísifo: arrastrar su piedra, sin descanso, para siempre. Si Sísifo es la imagen del destino del hombre, lo es doblemente de la suerte del artista. Mientras los objetos de los museos reposan en las vitrinas, callados, inanimados, muertos, el artista arrastra obstinadamente su piedra de la evolución del arte, de esa evolución que es la de la vida, a veces sorprendente, a veces errada, o metida en un callejón sin salida, ad infinitum.

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