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Tribuna:

ABECEDARIO ANDALUZ Epílogo (II)

A. R. ALMODÓVAR Con razón se quejaban los 300 periodistas que firmaron el manifiesto del 28 de febrero de 1987, glosado e impulsado por José Luis Carrascosa, en protesta por la escasa y errática promoción del andaluz en los medios audiovisuales, especialmente en Canal Sur TV, que por ser el más potente tiene la mayor responsabilidad en defensa del Estatuto. Sólo en el informativo de la tarde del día 3 de febrero de este año atrapamos las siguientes muestras: "Los informes técnico sobre el ehtado de los edifisio". "La idea está en ehtudio". "Parece que hay algunas diferensia". Es decir, eses finales, cetas, seseos y aspiraciones a puro capricho. Hiriente rebujina, naturalmente contrastada con un castellano perfectísimo de Valladolid o Cuenca en otros locutores y locutoras. La sensación de desorden y de todo vale ha sustituido al antiguo "mira qué gracioso hablan estos andaluces". Tampoco es fácil elegir qué resulta menos dañino. Es notorio que todo esto ocurre por una deficiente y timorata política lingüística de la Junta de Andalucía, que no acaba de tomarse en serio "lo del andaluz". Y sus socios de gobierno, los andalucistas, tampoco. (!) Cuestión aparte ha sido verificar, letra tras letra de esta serie, los malos tratos que nos dispensa el Diccionario de la Real Academia, algo que nos fue llenando de asombro y amargura. Si el andaluz es español por esencia y existencia, no se comprende tanto vacío de palabras nuestras, de uso corriente, o específico, que ni siquiera forman parte de dudosas jergas, espantables vulgarismos o rústicas rarezas. Y aun en estos tres supuestos, mucha tela habría que cortar. ¿Pues cómo y por qué se ponen tantas aduanas en el diccionario de todos? ¿Qué necesitan palabras o acepciones del mundo flamenco como afillá, rajo, guajira, garrotín, mirabrás, toná, cantiña, rumba...; del mundo rural, de los animales, de la pesca, como corchizo, madarro, tupío, piro, embusar, lieva, aterminarse, fechar, castrojo, avilanejo, jamal, urta, jerreras...; del habla urbana coloquial como malafollá, sieso, cubata, facha, capillita, regulín, cacharritos..., y tantas y tantas, para acceder al templo sagrado del idioma? ¿De quién es el idioma? Y en cuanto a los derivados fonéticos, ¿por qué no se registran de una vez esaborío, explotío, pescaero, siguiriya, bailaó, tocaó, cantaó..., si así es como dice todo el mundo en Andalucía? Se argumentará: son deducibles de la norma general. No es cierto. Los extranjeros que estudian español en nuestras Universidades tienen muchas dificultades con el Diccionario. Y además, ¿por qué aparece en éste zúz, forma andaluza de azuda, y no pescaero, que es mucho más corriente y única? Dicha y rubricada está la protesta, y actúen quienes tienen potestad para hacerlo. Que la democracia aún no ha llegado al español meridional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 31 de agosto de 1999