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El poeta Luis Álvarez Piñer muere en Madrid a los 89 años

Miembro de la generación del 36, recibió en 1991 el Premio Nacional

El poeta Luis Álvarez Piñer falleció ayer en Madrid, donde residía, a los 89 años. "Me había acostumbrado a no ser y quería seguir no siendo", había declarado como definición de una forma de vivir alejado del mundo literario. En 1991 recibió el Premio Nacional de Poesía por su libro En resumen. Miembro de la generación del 36, contemporáneo de Luis Rosales, Leopoldo Panero y Blas de Otero, su poesía se identificaba con el tiempo y con la muerte.

La mala suerte -o tal vez una secreta felicidad- es no contar para nada ni para nadie, y aceptar esa condición como algo inseparable de la propia vida, como una especie de segunda naturaleza con la que uno se acostumbra a vivir. Luis Álvarez Piñer, nacido en Gijón en 1910 y muerto ayer mismo en Madrid, donde residía, había vivido una vida retirada desde siempre, o al menos desde que, tras la guerra y acosado por su republicanismo, decidió callar, sortear las prisiones amenazantes y las condenas a muerte que sobrevolaban en el horizonte de algunos sobrevivientes como él mismo lo fue desde entonces hasta el fin de sus días. "Me había acostumbrado a no ser y quería seguir no siendo", le dijo a quien esto firma con motivo de la concesión del Premio Nacional de Poesía en 1991 por su libro, compendio de toda su obra, En resumen (Pre-Textos, 1990).No conozco en la poesía española de nuestro siglo un caso como éste, tan ajeno a la voluntad de estar presente en los medios literarios y tan resuelto a la vez a escribir sin cesar, con una clara visión de un proyecto que incluso se define desde posiciones teóricas de pleno interés, allá por los años cuarenta-cuarenta y cinco, en textos como los reunidos bajo el título Tres ensayos de teoría (Pre-Textos, 1992). Quien los lea comprobará que estamos lejos de un improvisador o de un poeta de pacotilla, o de un impostor con infundadas ambiciones. Por el contrario, son ensayos clarividentes, auténticas calas en la entraña del quehacer poético, con un sólido andamiaje reflexivo, con lecturas asimiladas y con las reveladoras ideas de quien escribe y se exige a sí mismo llegar lo más lejos posible en el empeño de comprender la razón de ser de la poesía en general y de la propia en particular.

Piñer pertenecía a lo que los historiadores llaman generación del 36, y, por tanto, era estricto contemporáneo de Luis Rosales, Leopoldo Panero o Blas de Otero. Publicó un único libro, Suite alucinada (1936), que él se costeó y que regaló a sus amigos mientras caían las bombas sobre Gijón, hasta la aparición de En resumen, ya en 1990, y más tarde, su poesía completa (Pre-Textos, 1996). Era un libro de impronta netamente vanguardista, en la línea de Gerardo Diego y Larrea -dos de sus grandes admiraciones-, y sellaba las características de lo que podemos llamar su primera época. Vanguardismo elegante, sereno incluso, con claros atisbos de sus preocupaciones posteriores, pero también con ese aire de fiesta y alegría juvenil, de cohetes lanzados al aire, de exultante confianza en la novedad de un lenguaje que parecía prometer muchos y luminosos elíseos. Pero, como el 27 no había pasado en vano y estaba con sus más cuajados frutos en el candelero del éxito literario, Piñer adoptó también, junto al verso libre impúdicamente nuevo y los virajes asociativos típicos del cubismo literario, la vertiente clasicista del vanguardismo español, refrendada por los logros de un García Lorca, o por los de un Guillén a caballo entre la memoria clasicista y la severa huella de Valéry y, a través de él, de Mallarmé.

A partir de 1936, su obra se organiza en dos grandes ciclos, titulados, respectivamente, En un largo silencio (1936-1980) y Silencio roto (1984-1990). No hay grandes cortes entre estos ciclos, sino más bien una impresión constante de circularidad y monotonía, y de sorprendente ausencia de referencias a la realidad española circundante de la época.

Exilio interior

El aislamiento público de Piñer le ahorró tener que pagar los peajes típicos de las escuelas y corrientes para no quedar descolgado de las aquiescencias críticas o de los periódicos recuentos que certifican si se está vivo o muerto en la carrera de la notoriedad literaria. Un republicano como él, un amenazado de prisión y de muerte, un auténtico exiliado interior -el vino ácido de los exilios, como dice magníficamente en uno de sus poemas-, no escribió poesía social al uso, aunque es verdad que en algunos de sus poemas hay ecos, muy metabolizados y transfigurados, de la tragedia que él había vivido en propia carne. De ahí su valor más intenso si cabe por desgajarse de plataformas simbólicas donde el exilio interior histórico se convierte en un exilio transhistórico, tal vez el exilio irremediable del hombre en la tierra.La poesía de Piñer contiene un alto grado de celebración de la vida y de afirmación jubilosa de la existencia. Hay mucha claridad en su poesía, claridad cenital se diría, muy guilleniana -del Guillén de Cántico-, con constantes y simbólicos pájaros que parecen llevar prendida en sus alas la capacidad humana de ascender, de elevarse y de, en definitiva, apropiarse de la vida, del universo entero. También hay mucho amor en sus poemas, sentimiento y experiencia, que es concebido siempre como una conquista humana sobre el acecho de la muerte. Pero, al mismo tiempo y simultáneamente, la poesía de Piñer está permanentemente obsesionada con el tiempo y con la muerte. ¿Ocupará Piñer el lugar que merece una vez ya muerto y definitivamente acostumbrado a no ser? No creo en los milagros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 27 de julio de 1999