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Editorial:

Otras energías

EXISTE EN el mundo una justificada preocupación por los efectos perniciosos, sobre las personas o sobre el medio ambiente, que se derivan de la producción de energía. La mayor parte de ésta se obtiene actualmente a partir de los combustibles fósiles, carbón, petróleo y gas natural, lo que implica un aumento notable en la cantidad de dióxido de carbono que se vierte a la atmósfera y el consiguiente peligro de alteración del equilibrio térmico del planeta. Pero la energía de origen nuclear también tiene problemas de posible contaminación en caso de accidente y genera residuos radiactivos de difícil tratamiento y conservación. De ahí que se hayan producido iniciativas internacionales, a partir sobre todo de la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992, para reducir dichos efectos, especialmente la emisión de gases de invernadero a la atmósfera. El ahorro energético y el aumento en la producción de otros tipos de energía son los mecanismos aplicables.Sobre la eficacia de las políticas de fomento de otras formas de energía se ha tratado en la tercera conferencia internacional sobre promoción y desarrollo de las energías renovables, celebrada la pasada semana en Pamplona. Ningún proceso de producción de energía es absolutamente limpio. Todos tienen efectos secundarios si son de la envergadura suficiente como para cubrir las necesidades actuales, aunque la duración y la severidad de los mismos varía de unos casos a otros. De todas las energías alternativas, la eólica es seguramente la que ha experimentado un mayor desarrollo en nuestro país. Sus efectos colaterales están localizados en el espacio y en el tiempo, y la tecnología para aprovecharla está ya madura, al tiempo que consume una gran cantidad de territorio y requiere que la fuerza del viento donde se localice tal instalación supere un cierto umbral. El resto de las energías alternativas está teniendo un desarrollo menor que el previsto, de forma que lo más probable es que no se alcance el objetivo previsto de cubrir con ellas un 12% de la demanda total de energía para el año 2010. El ciclo de crecimiento económico en el que estamos inmersos propicia el aumento en la demanda, lo que dificulta que se incremente la parte correspondiente a energías más limpias. Y, sin embargo, el envite es tan grande que, aun en este escenario poco favorable, las administraciones públicas deberían ser más decididas en el fomento de la producción de esas otras fuentes de energía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de mayo de 1999