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TRIBUNA

Ropas íntimas

Si a alguno de mi generación, sector izquierdista, le hubieran contado por los años sesenta que en la primera página de Le Monde aparecería una noticia refiriéndose con todo énfasis a la ropa interior de los hombres, no habría vacilado en diagnosticar que la redacción había caído en manos del enemigo burgués y decadente. ¿Habrían decapitado además al director, a los colaboradores ilustres, a los redactores jefes, a los correctores de pruebas y a los obreros del taller? ¿Se conservaría todavía algún residuo de la verdadera idea del hombre y de la dignidad del ser humano?

La lencería femenina siempre fue un asunto apolítico, festivo, soleado. Un ámbito sin partidos ni facciones, tan apto para las derechas como para las izquierdas, nacionales e internacionales, abierto al gozo global. No habría chocado referirse a él en más de una ocasión, pero que el diario de Hubert Beuve-Méry estime, como el pasado lunes, que los pormenores de esa moda puedan concitar el interés de sus lectores al punto de subrayar la información, ayuda a calibrar la magnitud de las transformaciones a las que estamos asistiendo. ¿Ha desaparecido la noción de lo serio y lo que es trivial? ¿Se ha perdido el sentido?

La mujer -dice Le Monde, a modo de justificante- es la responsable de los cambios que se constatan en la ropa interior para caballeros. Si la sociedad ha venido a feminizarse en tan altísimo grado y hay indicios tan rotundos al final de siglo como la revalorización del hogar, la sentimentalización de la inteligencia, el culto a la naturaleza o el auge de las historias del corazón, ¿cómo no esperar que el mundo de la intimidad textil comience a impregnarse de esta misma naturaleza? Ciertamente, si hasta ahora ha habido algo, dentro de los grandes almacenes, que distinguía las referencias morales aplicables a hombres y mujeres ha sido la vasta, pluriforme y coloreada sección de lencería femenina frente al opaco sector destinado a camisetas, calzoncillos y pijamas para los señores. ¿Hasta cuándo?

En menos de veinte años las cosas han cambiado de tal forma que si en plena lascivia financiera y carnal de los años ochenta se vendieron prendas interiores de aparente corte masculino con telas de seda y piel de ángel, en los noventa se ha llegado hasta al panty de lycra fabricado por Wolford o a los bodies de colores que sirve Thierry Mugler, ya sea en textura de malla o en gasas de tornasol.

El pudor que tales novedades provocan en la mayoría de los hombres impide que el consumo alcance por el momento niveles de gran significación, pero ya, al lado de las propuestas más osadas, los slips de fantasía y pespuntes de realce, los calzones estampados con elefantes o corazones y las tangas de amplio surtido se propagan como si un voraz contagio desde el mundo vaginal hubiera invadido la totalidad, y sin dejar ya ocasión para que el pensamiento macho resistiera su pase de sujeto a objeto, canjeable por obra de los deseos y del reforzado poder de la mujer.

Desde hace cinco años la revista femenina Cosmopolitan edita en España, como regalo de Navidad, un calendario de jóvenes esbeltos, esculpidos y ocasionalmente depilados, que las lectoras reciben para las fiestas con satisfacción muy natural. En esas estampas se imprimen desnudos completos, pero también semidesnudos adornados con algunas de las recientes prendas a las que aludía Le Monde.

Este periódico en el que escribo y los otros de la competencia doméstica se presentan aún poco abiertos al gusto de las mujeres y siguen insistiendo en el machista casino de la política local o en ciertos parajes que transita noche y día el juez Garzón, pero el ejemplo de Le Monde no puede ser inútil. En definitiva, como recalca el diario parisiense, parte decisiva de los sucesos actuales debe imputarse a la influencia de la mujer. Es decir: a la envolvente atmósfera de feminidad que ha cambiado el perfume del planeta y, en consecuencia, el modo de pensar, de dormir o de diseñar y por supuesto la manera de vestirse, de desvestirse, de hacer el amor, de hacer automóviles o de hacer periódicos para gustar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de noviembre de 1998