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HISTÓRICA DECISIÓN JUDICIAL

Un suspiro inundó la Cámara antes de los aplausos

En la soberbia Cámara, revestida de terciopelo escarlata con incrustaciones de oro, destacaba en un extremo el trono bajo un baldaquino gótico, el mismo desde el cual la Reina pronunció el martes pasado el discurso de apertura del periodo de sesiones del Parlamento. En la planta superior, llamada Strangers (ajenos), se alojan, según el derecho, aquellas personas que no son "parte" en un pleito. En la planta baja, donde están los lores, se sitúan los abogados y personas vinculadas a la batalla. Pero fue precisamente desde la planta superior, en la que se hallaban unos setenta periodistas, donde brotó un profundo suspiro, seguido de aplausos, al conocerse que la mayoría, en lugar de apoyar la inmunidad del general Pinochet, estaba a favor de quitársela. Eso ocurrió al cabo de los diez minutos cortos que duró la ceremonia, cuando el más joven de los jueces, Lord Hoffmann, de 64 años, dijo que estaba de acuerdo con los dos votos contrarios a la inmunidad, los de Lord Steyn y Lord Nicholls.Todo estaba quizá escrito en el rostro de Lord Slynn, presidente del tribunal, quien esperaba en el centro de la Cámara, sentado sobre un amplio sillón cuadrado. Se le veía muy serio, miraba hacia abajo, y ya no era la misma persona, más bien simpática, de las seis sesiones de la apelación. Estaba flanqueado, a la derecha, por Lord Lloyd y Lord Hoffmann; a la izquierda estaban Lord Nicholls y Lord Steyn.

En contrapunto con Lord Slynn, a Lord Hoffmann se le veía relajado, recostado cómodamente sobre el espectacular sillón, con los pies cruzados. Todos vestían ropa de calle.

La tendencia a favor de la inmunidad de Pinochet duró un par de minutos, los empleados por Lord Slynn y Lord Lloyd. El que la rompió fue Lord Nicholls, a quien inmediatamente apoyó con argumentos muy contundentes Lord Steyn. La tensión arriba y abajo crecía. Los políticos próximos a Pinochet y abogados, Clare Montgomery y Clive Nicholls, eran objeto de severo escrutinio por sus propios mandantes. Y, entonces, Lord Hoffmann, se puso de pie, como sus colegas llegado el turno, y dijo que había tenido la ventaja de leer los borradores de sus amigos Nicholls y Steyn y que estaba a favor de quitarle la inmunidad a Pinochet. Fue en ese instante, una fracción de segundo, cuando hubo un vacío, un tiempo en blanco.

Aquellos que no podían creerlo -los periodistas habían hecho una porra en el laberíntico camino hacia la primera planta y la mayoría apostaba que Pinochet regresaría a Chile inmediatamente, tras una decisión que le sería favorable- por fin estallaron. Fue un suspiro profundo coronado por aplausos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de noviembre de 1998