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Emigrantes de lunes a viernes

Diariamente, las estaciones Sur, Atocha y Conde de Casal asisten a un largo desfile de ojeras y dientes apretados. Entre las seis y las siete de la mañana, una hilera de autocares procedentes de Toledo, Ciudad Real y Guadalajara va dejando puntualmente y con celeridad sus ocupantes. Son cuerpos ateridos que, en muchos casos, saludaron el día a las cuatro de las mañana. De por medio, más de 100 kilómetros. Una distancia que separa la más completa inactividad del único trabajo posible.Según datos de la Asociación de Jóvenes Agricultores de Toledo (Asaja), en los 10 últimos años se han arrancado más de 40.000 hectáreas de viñedo en la provincia. Un cálculo sencillo ayuda a dibujar la geografía de una tierra renuente a la esperanza. Cada hectárea alimenta 22 jornadas de trabajo al año. Lo que quiere decir que se han perdido cerca de 4.000 empleos.

En algunos pueblos, la situación es aún más grave. Por ejemplo: Villafranca de los Caballeros, una localidad de Toledo limítrofe con Ciudad Real de 5.400 habitantes. Aquí, al arranque de vides se le ha sumado el declive del azafrán y la penuria de otro recurso histórico: el turismo asociado a las lagunas locales que beben de las mucho más célebres Tablas de Daimiel.

Prácticamente el total de la población activa se encamina a primera hora del día rumbo a los autocares y furgonetas que les llevan a 135 kilómetros de sus casas. En total, 270 kilómetros recorridos a diario o cuatro horas de carretera. Cuando regresen a sus casas serán las nueve de la noche. Hasta las cuatro del día siguiente, siete horas es el exclusivo capital no consumido por los cerca de 800 hombres que abandonan su pueblo. De lunes a viernes, en Villafranca sólo quedan mujeres, ancianos y niños.

Con el sol aún lejos de aparecer, la plaza del pueblo bulle. Dos conversaciones arrojadas sobre la barra del bar y al autocar. Allí, la oscuridad vela por el mal sueño interrumpido.Un sueño con aspecto de pesadilla que les envía a un Madrid por hacer, compuesto de andamios, ladrillos y el gris pesado del cemento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de octubre de 1998