Peter Zumthor obtiene el Premio Carlsberg de arquitectura

El suizo Peter Zumthor obtuvo ayer el Premio Carlsberg de arquitectura 1998, dotado con 32 millones de pesetas. El galardón -el de mayor cuantía económica de la especialidad- le fue entregado en Copenhague por la reina Margarita de Dinamarca. Al premio, que celebra su tercera edición y está patrocinado por la Fundación Carlsberg, han concurrido 26 candidatos, seleccionados por un jurado internacional entre los propuestos por revistas especializadas de todo el mundo. Entre los arquitectos que optaban al premio figuran Rafael Moneo, Norman Foster, Alvaro Siza y Frank Gehry. En las dos ediciones anteriores obtuvieron el Carlsberg el japonés Tadao Ando (1992) y el finlandés Juha Leiviskä (1995).

Peter Zumthor vive en una aldea, y su obra escasa y exquisita tiene la lentitud, la solidez y la certeza de lo vernáculo. Ebanista antes de convertirse en arquitecto, sus edificios profesan una devoción obstinada por la perfección artesanal, y en sus detalles graves y sensuales habita un dios antiguo y exigente. Poseído por la pasión del material, invita a sus discípulos a entrenarse en la disciplina de este oficio arcaico fabricando prismas de una sola sustancia, y en esos adoquines de vidrio, hojas secas o pizarra late el mismo pulso emotivo que en las escamas de madera o las estratigrafías de piedra del maestro. El rostro curtido y la barba blanca, que le hacen aparentar una edad superior a sus 55 años, otorgan también a su figura una distinción serena, bondadosa y remota. En conversación con un joven colega que tiene el castellano por lengua materna, Zumthor registra con delicia la proximidad fonética de las palabras madera, madre y materia, y en su constatación se escucha el eco del parentesco oculto que sostiene una obra nutrida por el material, el lugar y la memoria.Tras su formación de artes y oficios y sus estudios de arquitectura en Basilea y Nueva York, Zumthor trabajó durante una década en el Departamento de Patrimonio del cantón de Los Grisones, no estableciendo su propia oficina hasta 1979. Los primeros frutos de la misma, sin embargo, lo convirtieron enseguida en una figura de culto. Tres minúsculas obras de madera terminadas en la segunda mitad de los años ochenta -un minucioso cajón de lamas y lucernarios para proteger una excavación arqueológica; su propio estudio, un escueto cobertizo forrado de listones; y una capilla hermética y misteriosa en forma de barco, cuyas imágenes en la niebla evocaban un paisaje onírico, detenido y primordial- cimentaron un prestigio secreto que se haría público a mediados de los noventa con la publicación de sus viviendas para ancianos en Chur, un bloque riguroso de vidrio y piedra volcánica, y abrumador en los últimos años con la culminación de dos obras maestras: las termas de Vals, un laberinto subterráneo e iniciático de lajas de piedra, geometría y agua en un recóndito valle alpino; y la Kunsthaus de Bregenz, un cubo de hormigón revestido de escamas de vidrio que alberga un centro de arte al borde del lago Constanza.

En un plazo muy breve, la arquitectura grávida y táctil de Zumthor ha transitado del susurro al espectáculo, y la violencia lírica de una obra tan intensa y exacta como las termas ha servido ya de escenario a la fotografía de moda de Wallpaper. Pero las cualidades intemporales de estos edificios de interminable gestación y precisión maniática sobrevivirán sin duda a la usura de los medios. Alimentada por las lecturas de Peter Handke y John Berger lo mismo que por las obras de Edward Hopper y Joseph Beuys, la arquitectura íntima e implacable de este suizo obsesivo manifiesta un humanismo minimalista y esencial que la rescata de los vaivenes del gusto. "Quisiera hacer casas como Aki Kaurismäki hace películas", ha dicho Zumthor, y sus edificios muestran en efecto la misma poesía desolada, la misma compasión, la misma dignidad y el mismo laconismo que las obras del cineasta finlandés. Este arquitecto sabio, inexorable y dulce, que construye recordando los objetos y los paisajes de su infancia, dejó ayer su aldea para viajar a una corte y recibir, de manos de una reina, un premio y un tesoro.

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