Crítica:47º FESTIVAL DE SANTANDER
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Revivir la historia

En los grandes festivales llega un momento en el que lo más atractivo ha de buscarse en los entornos más íntimos. Así, en Santander, convertido por José Luis Ocejo en Festival de Cantabria, es necesario subir a la Bien Aparecida, frecuentar el claustro de la catedral, acercarse a Escalande, Liendo o Camargo, complacerse en el ámbito amable y tradicional de Liérganes o en la singular belleza de San Vicente de la Barquera o asombrarse, una vez más, en Santillana del Mar, su colegiata, sus pindas calles y sus torres.En esta teoría de ambientes singulares y entrañables podemos disfrutar de la rara perfección de los King´s Singers, seis voces con dos espléndidos contratenores, para el lejano Willaert, el romántico Schubert o el actual Ligeti; seguir los primores del cuarteto Parisii, uno de los mejores en este momento, que interpreta a Webern con la naturalidad de Mozart; recibir los ecos históricos vivos de los cantos de la iglesia ortodoxa, la lección gregoriana de la Scola de Brujas o las maravillas sonoras, sin leyenda negra, de la España de Felipe II.

En los límites

Aquí o allá tomaremos el pulso a la música y los intérpretes de Cantabria. Entre ellos, Juan José Miers recibe el homenaje de diversos recuerdos, el más reciente de los cuales nos desveló una obra grande para piano, En los límites, muy bien tocada por el santanderino Francisco San Emeterio.Escrita ya hace años, muestra el instinto y la imaginación del compositor, sobre todo si se escucha en versión tan excelente como la de ahora. El claustro catedralicio se convirtió en un unánime o, como diría Gerardo Diego, multánime aplauso. Antes lo recibió Rafael Castro por su díptico Otra vez el ayer, nueva asimilación del folclor directo en ejemplos tan conocidos como la canción castellana Eres alta y delgada o el baile andaluz El Vito. Castro recibe tibios aires de Manuel de Falla, pero se acerca acaso más a soluciones de Bela Bartok. Yo habría programado más pentagramas españoles, pues cualquiera que sean los méritos de San Emeterio -tan evidentes- me parece que Haydn o El Carnaval de Schumann quedaban un tanto fuera de lugar.

De positivo interés resultó el programa del cuarteto de Amsterdam, auténticos virtuosos de toda la familia de las flautas. Junto a música instrumental renacentista y barroca tranforman distintas páginas de difícil transcripción como las de la polifonía de Victoria o las obras para tecla del organista burgalés de Felipe II, Antonio de Cabezón.

Pero, es tan grande la perfección y tan hermosas las bruñidas sonoridades, que cualquier criterio se torna ecléctico. Seguirán las actuaciones del conjunto Huelgas, del dúo Marta Almajano y José Miguel Moreno o una nueva cala en el legado de Juanjo Miers en el órgano de Esteban Elizondo. Importantes estancias del ayer inmediato o remoto, salvadas de la erudición y convertidas en algo vivo y palpitante.

Tal debe ser el fin último de todo empeño musicológico: hacer sonar con propiedad y belleza lo que fue investigación. En el siglo de la difusión musical a gran escala, los festivales deben cumplir esta misión.

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