El sexo en la plaza pública

El "caso Lewinsky" y la píldora Viagra incorporan el lenguaje sexual a la vida cotidiana de EE UU

¡Qué año! Empezó cuando Bill Clinton negó bajo juramento haberse bajado los pantalones ante Paula Jones para pedirle una «felación»; siguió cuando las expresiones «sexo oral» y «manchas de semen» accedieron a los telediarios a propósito de la supuesta relación entre el presidente y Monica Lewinsky, y alcanzó su cénit cuando los presentadores, al hablar de Viagra, incorporaron con la mayor naturalidad las palabras «pene», «impotencia» y «erección». Este 1998 aún va por la mitad, pero los expertos norteamericanos en opinión pública ya afirman que será recordado como el año en que el sexo -o mejor dicho, el lenguaje sobre el sexo- accedió en Estados Unidos a la plaza pública.Newt Gingrich, el caudillo republicano, exageró a comienzos de mayo al comparar en un mitin en Arizona la actual situación de EE UU con la del «Imperio Romano en el comienzo de su decadencia».

Menos lobos, Caperucita, proclama esta semana Time. En la portada de su edición norteamericana, la revista anuncia en gruesos caracteres sobre fondo amarillo: «Todo lo que sus hijos ya saben sobre sexo, pero usted no se atreve a preguntarles». Como adelanta esa fórmula, el semanario concluye una larga y profunda investigación sobre los chavales norteamericanos con la idea de que están mucho más enterados sobre el asunto de lo que sus padres imaginan. Sus principales fuentes de información no son el hogar y la escuela, sino los amigos y la televisión.

«Si el presidente puede hacerlo, ¿por qué nosotros no?», se pregunta en el reportaje de Time un adolescente de un instituto de Denver. Es un interrogante al que han tenido que enfrentarse muchos padres de EE UU desde el estallido, el pasado enero, del caso Lewinsky. Por cierto, la gran exclusiva periodística de la temporada norteamericana es el retrato que la revista Vanity Fair le ha hecho a Lewinsky: una muñeca regordeta, maquilladísima y repeinada tras un abanico de plumas fucsia.

Al fenómeno ya le ha consagrado varios largos artículos The New York Times. Uno de primera página del 6 de junio comienza así: «En las salas de conferencias de las empresas, en las sillas de los dentistas y en las cenas, las noticias permanentes sobre Viagra y Monica Lewinsky parecen haber acelerado un cambio en el modo en que muchos norteamericanos hablan sobre un tema del que muchos preferirían no hablar en absoluto. En los últimos meses, el tema del sexo y el lenguaje sobre los órganos y actos sexuales se han situado entre los lugares comunes de conversación». Lewinsky y Viagra han hecho «políticamente aceptables» no sólo las serias discusiones más serias sobre sexo, sino también los chistes más o menos salaces. En una cena de gala celebrada el mes pasado en el Jardín Botánico de Nueva York, Peter Bijur, el presidente de Texaco, abrió su discurso con una broma sobre la posibilidad de que las espléndidas flores del banquete estuvieran sufriendo «una erección provocada por Viagra». La mayoría de los 1.100 asistentes rieron sin tapujos. ¿Qué fue de aquellos tiempos en que las palabras «pecho» o «embarazada» estaban prohibidas en las cadenas de televisión norteamericanas? Según un estudio de un instituto sobre prensa y comunicación de Washington, tan sólo cuatro animadores de talk shows -Jay Leno, David Letterman, Conan O"Brien y Bill Maher- hicieron 729 chascarrillos sobre la vida sexual de Clinton en los cinco primeros meses de 1998. Y el mismo Bob Dole, frustrado candidato republicano a la Casa Blanca en 1996, le confesó a Larry King, de CNN, que ha probado Viagra.

Que niños, adolescentes y adultos hablen en público sobre el sexo como nunca en la historia de EE UU -salvo quizá los años sesenta- hace particularmente felices a personajes como Bob Guccione, el editor de Penthouse. «Estamos», dice, «ante una nueva relación sexual que cambiará las relaciones entre hombres y mujeres, y terminará con el puritano programa feminista». Son precisamente las feministas las que tienen más peros a lo que está ocurriendo en EE UU. De un lado, protestan porque Viagra esté cubierto por los seguros médicos, pero no la píldora anticonceptiva. De otro, se temen que la absolución de Clinton en el caso Paula Jones trivialice el acoso sexual en los lugares de trabajo.

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