El pensamiento único y su contrario
Se limaron las aristas cerebrales para entronizar la curva y el redondeo. Los terrenos accidentados convirtiéronse en superficies planas donde todo se oía y se entendía en un lenguaje globalmente universilazado. ¡Míralo, míralo, el pensamiento único! Aquella unidad de medida que abarca y aprieta todas las disciplinas, incluida entre ellas la fiesta de los toros, la fiesta de toros para los finos catadores del asunto. Esta corriente única metaboliza con vocación definitiva los pluralismos y las apetencias, para lo cual empieza por el principal ingrediente: la fuerza bruta, los toros. Su ideal devocionario reside en la creación del toro proporcional, es decir, justo de defensas, justo de hechuras, justo de bravura, justo de fuerzas, con el ánimo depositado en que todo lo que se desarrolle durante la lidia no escape de la etiqueta idéntica de la justeza, la proporcionalidad y el equilibrio. Los toreros interpretarán con comedimiento y mesura los pases de muleta con desprecio por el riesgo inútil y aniquilación de suertes que impliquen osadías en las antípodas de la razón sobrevenida al espectáculo. El público responderá con ovaciones y palmas no menos ponderadas con aportación de dosis de serenidad y sensatez pariguales a los designios emanados de la normalidad. Esto es, el pensamiento único ha fijado su atención en el singular espectáculo de los toros.Pero cuando el escenario diseñado por los profesionales de la desmemoria van a poner en práctica cada mes de mayo sus propósitos, emerge, residente y atávico, el llamado sector minoritario, que así se le denomina por la adversidad del pensamiento único para desnaturalizar su principal referencia de identidad: el 7. El tendido siete, erigido en pieza de «insularidad y robinsonismo», en palabras de Muñoz Molina aplicadas al arte. Al igual que Domingo Ortega trazaba en su tauromaquia el frontispicio de que el «torero tiene que llevar al toro por donde no quiere ir», el siete quiere conducir la moda por donde no quiere ir. El siete no quiere hacer ostentanción de ortodoxia. En su seno, frente a lo que pudiera parecer, existe el ingrediente normal de ombliguismo de cualquier grupo humano. Se toma muy en serio, eso sí, el ejercicio de los derechos del espectador, entre los cuales se cuenta la exteriorización, cuyos trazos más gruesos se oyen con más nitidez, pero que quedarían muy por debajo en intensidad soez y grosera de los que se prefieren desde otros sectores mayoritarios, aparentemente más respetuosos con los protagonistas de la fiesta, toros, toreros y público. El siete, representativo de la décima parte de la plaza de Las Ventas, tiene un peso muchas veces decisivo en la toma de decisiones del presidente. El siete, vigía de la identidad de la función, contrariamente al entendimiento de su papel en la plaza de Ls Ventas, no hace virtud de la exigencia plana, aquella que no entiende de matices ni tonos. Por ejemplo, aprecia el equilibrio de volúmenes en los toros por razón de encaste para desmentir las acusaciones de fijación en el toro-bisonte. O desmiente tan ricamente la protección de determinados toreros, pues probablemente no habrá otro colectivo en Las Ventas tan cambiante en sus predilecciones y proclividades: al triunfador de San Isidro de un ciclo, por motivo de tal condecoración, se le mide con vara larga. Su estandarte, el pañuelo verde, no tiene por qué agredir el cromatismo del pensamiento único taurinista, no es suficiente móvil para abrir guerra de banderas. Su elocuencia en raras ocasiones se manifiesta acre y, en cualquier caso, el tendido siete no es partidario de las «curas de silencio» de que hablaba Américo Castro, apreciadas en la Maestranza de Sevilla.
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