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Enigmas

Qué extraordinario enigma es el ser humano. Cuanto más conozco sobre el comportamiento de las personas, menos las comprendo; lo cual no es de extrañar, teniendo en cuenta que, a medida que crezco, yo misma me voy pareciendo un disparate.Citemos unas cuantas paradojas. Por ejemplo, que a la muerte de Ramón Sampedro, ese heroico pionero de la muerte digna, la maquinaria de la Ley se lance a la búsqueda frenética de la persona que le facilitó el veneno; y no para ponerle una medalla, como en pura justicia debería, sino para cometer la sinrazón suprema de detenerla.

O las gasolineras de los Villanueva. El caso es que los Villanueva son riquísimos: facturan 50.000 millones de pesetas al año. Pongamos, es una mera hipótesis, que, en efecto, a los Villanueva se les prueba que pusieron un cacharrito en sus mangueras para robar doscientas o trescientas pesetas a cada usuario. ¡Qué magnífica fábula moral se podría extraer de semejante insensatez! El magnate que nunca se da por satisfecho y que lo arriesga todo por rapiñar cuatro perras más: eso sí que sería una perversión, y no hacer el amor de tal manera o tal otra.

O Zola y su celebérrimo manifiesto a favor de Dreyfus. Pues sí, estuvo muy bien y fue muy valiente; pero, ¿por qué nadie dice que, tres años antes, Zola se había negado a firmar el manifiesto de apoyo a Oscar Wilde, cuando éste fue condenado a dos años de cárcel tan sólo por ser homosexual? Claro que, por entonces, defender a un sodomita, como les llamaban, era aún más difícil que defender a un judío (Henry James tampoco firmó; André Gide sí lo hizo).

Y un nimio enigma último: ¿por qué tantos críticos dicen que Titanic es una obra maestra, cuando, aparte del despliegue técnico, es una de las historias de amor más cursis, tópicas y bobas que jamás he visto?

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