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Tribuna:

En sangre y oro

Durante las matanzas, la indignación crece, pero los negocios siguen. Ante una tragedia que desde la interrupción del proceso electoral en diciembre de 1991 ha causado entre 60.000 y 80.000 muertos y que cada día aporta su nuevo capítulo de horrores, deprime comprobar que durante ese tiempo el mundo de los negocios y las instituciones financieras internacionales sigue financiando -y protegiendo- a un régimen totalmente desacreditado y que se permite indignarse ante cualquier intento de ayudar desde el exterior a un pueblo en peligro.Desde que el Fondo Monetario Internacional (FMI) aceptó en mayo de 1995 conceder una línea de crédito ampliada por valor de 1.800 millones de dólares (unos 270.000 millones de pesetas) a cambio de la reestructuración del sistema productivo, numerosas empresas extranjeras llaman a las puertas de Argelia para firmar jugosos contratos. Como el alcanzado en agosto de 1997 por la empresa surcoreana Daewoo que se comprometió a invertir 2.000 millones de dólares en la industria de servicios argelina. Éste era el contrato más importante Firmado por Argelia fuera del sector petrolífero.

Precisamente es el sector de los hidrocarburos el que despierta más apetito. Atraídos por la reservas "probadas", valoradas en 1.700 millones de toneladas, las compañías petroleras norteamericanas, británicas, francesas, malasias, españolas o argentinas han firmado acuerdos de explotación con la sociedad estatal argelina Sonatrach.

Para el presidente argelino, Liamín Zerual, la apertura del mercado del oro negro a las compañías extranjeras tiene una doble ventaja. Por un lado, le permite neutralizar eventuales sanciones de la comunidad internacional. En este sentido, el ejemplo de Nigeria demuestra palpablemente que la preocupación por el respeto a los derechos humanos encuentra rápido sus límites cuando hablamos de petróleo. Por otro lado, se asegura una fuente de divisas que ningún otro sector puede compensar.

De golpe, Argelia repintada con los colores sangre y oro, se ofrece el lujo de una saneada tesorería (una población golpeada por un tasa de paro oficial del 28 % espera aún que llegue alguna ventaja de ello). Las reservas del país alcanzan actualmente la cifra récord de cerca de 8.000 millones de dólares [multiplica por cuatro las existentes en 1975 y duplica casi las de 1995]. Y las autoridades económicas cuentan con tener un crecimiento del producto interior bruto del 7 % en el año 2000.

En 1997, cuando el FMI examinó la economía argelina, hizo un informe elogioso de la gestión del presidente Zerual por restablecer el equilibrio de las magnitudes macroeconómicas, reducir la inflación a un sólo dígito y, tras varios años de descenso de la producción, lograr el retorno del crecimiento en términos reales. ¿Qué más pedir?

El citado informe sólo dedicaba dos líneas a la "seguridad y estabilidad pública" que trataba como "precondiciones esenciales". ¿Para que los argelinos vuelvan a vivir en paz? No. Para "favorecer las inversiones extranjeras" y las "transferencias de tecnología necesarias para el desarrollo del sector privado".Le Monde

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de enero de 1998