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Los rasgos de una obra maestra

A James Cameron debemos algunos globos que disfrazan su oquedad con astucia en la mecánica de rodaje, como el gélido vértigo de Abismo, el hábil trucaje de la segunda entrega de Alien y el ingenioso mecano visual de Mentiras verdaderas. Pero, entre esta competentísima chatarra, Cameron avisó de que es capaz de bordar grandísimo (incluso exquisito) cine con la cautivadora aventura inicial de Terminator, obra magistral hecha con cuatro cuartos, que prolongó, con mucho más dinero y mucha menos fortuna, en una sosa secuela.Ahí atrás quedó la hermana mayor de esta secuela como presagio de lo que Cameron acaba de lograr en la poderosa y portentosa Titanic: que aquella joya casi artesanal no fue producto de un azar y que aquí está la prueba irrefutable de ello. Cameron se mete en una inabarcable gran producción y la abarca. Juega al gigantismo y lo domeña y reduce a ámbito escénico a la altura de la mirada humana. Crea un espectáculo total y articula un pequeño rincón inexplorado del lenguaje del cine. Titanic es una diversión insuperable, pero también más que eso: una contribución compleja, libre e intrincada, un empujon impagable, a la evolución del cine moderno.

Titanic

Guión y dirección: James Cameron. Fotografia: Russell Carpenter. Música. James Horner. EE UU, 1997. Intérpretes: Leonardo Di Caprio, Kate Winslet, Kathy Bates, David Warner. Madrid: cines Callao, Roxy, Carlos 111, Victoria, Liceo, Ciudad Lineal, Acteón, Novedades, Tívoli, Juan de Austria, Morasol, Amaya, Luchana, Aluche , La Vaguada, UGC Ciné Cité, Albufera, Colombia, Lido, Canciller, Conde Duque y (en V. 0.) California, Ideal y Real Cinema.

Ligereza e intensidad

Hace el cineasta maravillas visuales sin sacar las cartas marcadas del endiablado tahúr informático de Mentiras arriesgadas, cartas que se guarda en la bocamanga y que sólo trae a la pantalla en una toma imprescindible para mantener, sin ruptura de ritmo, el continuo en que está incrustada. Y lo hace con una discreción que convierte a esa toma translúcida en unos segundos imperceptibles intercalados en más de tres horas de ,un metraje que se hace corto por su insuperable combinación entre ligereza e intensidad, un trenzado de agilidad y gravedad sobre el que discurre un hermoso relato de lucha y de amor que, desde su arranque, se adueña de la pantalla, secuestra al espectador.Y construye James Cameron el compulsivo marco de este idilio con tanta y tan pudorosa funcionalidad, tan en el polo opuesto del acartonado y vacío artificio de un videojuego fantástico a lo Parque jurásico y del tamaño de un mentiroso hiperrealismo a lo Forrest Gump, que asombra la prontitud y precisión con que se hace creíble, la elegancia que alcanza su contención en medio de tanto derroche, la audacia y la sabiduría escénicas con que se apodera del más grande y absorbente decorado que ha construido el cine. Y de ahí arranca el prodigio de Titanic: una historia intimista, de lirismo desbocado, se traga el armatoste escenográfico con tanta facilidad que hay que verlo para creerlo.

Titanic, dentro de una de las mayores catástrofes de que hay noticia, no es un episodio del envilecedor subgénero de catástrofes. La visualización del hundimiento del Titanic es marco, no lienzo; vehículo, no pasaje. El suceso está subordinado al poema, a la ficción que lo engulle, y es trascendido por la pasión, de fortísima tonalidad onírica, que relata una anciana centenaria, que lo vivió en forma de ese vendaval lírico transgresor que bautizaron amor loco en la cartografía de las ensoñaciones de los poetas del surrealismo. Y en un reparto coral perfecto -del que saltan (¡cómo no!) chispas del genio de Kathy Bates-, Kate Winslet y Leonardo Di Caprio dan cuerpo un dúo -basta su adueñamiento del escenario en sus encuentros de proa a popa del buque y, en el centro de éste, su escena del comedor de lujo- que alcanza aires de una leyenda perdida del Hollywood clásico.

El relato conmueve y emociona, pero también mueve y despierta ideas dormidas. Se ve con pasmosa facilidad, su vértigo es trasparente y en su fondo sé aprieta una visión despiadada del mundo -que sigue siendo, de proa a popa, este mundo- en que -ocurrió, lo que convierte a Titanic en una bella y dura metáfora del nacimiento de un siglo mal nacido. Rara vez se ha visto en el cine reciente una representación tan nítida de las luchas de clases, del honor y el horror que se agolpó en la encerrona de aquel trágico barcometáfora, del que Cameron exprime tres horas del mejor cine que hemos visto en mucho tiempo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 9 de enero de 1998