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Barbaridad

No me puedo creer que se esté consumando esta barbaridad. Un juzgado de instrucción acaba de confirmar el desahucio, de modo que el robo ha sido respaldado legalmente. El año pasado escribí una columna sobre ellos, sobre el conserje José Brenes y su mujer, Eduarda, que compraron hace tiempo, con sus magros y esforzados ahorros, un modesto piso de Madrid: creo que les costó cerca de dos millones.Inocentes y honorables como son, pagaron al contado: pertenecen a un mundo de palabra ya perdido en donde tener deudas está mal visto. El antiguo propietario, Pablo Bartolomé, les estafó e hipotecó la vivienda. Y un subastero profesional, José Sancho Esteller, se ha quedado con el piso por 295.000 pesetas. Todo esto ya lo expliqué en la anterior columna. Estúpida de mí,que creí que, con sólo contar tan indecente abuso, alguien lo detendría: como si no supiera a estas alturas que el mundo está construido en la injusticia y que la vida muestra una inquietante tendencia a envilecerse.

(Recordemos el nombre de los implicados: de Pablo Bartolomé, el vendedor; de José Sancho Esteller, el subastero. Tal vez usted los conozca, tal vez viva en su vecindad alguno de ellos. Que carguen con su sucia responsabilidad y con su culpa).

¿Dónde están esos, abogados tan famosos que salen todos los días en los periódicos? ¿No pudieron socorrer por una vez a los necesitados y defenderlos de ese atraco legal? Y esos jueces, ¿cómo pueden consagrar lo inaceptable? Este cuento dickensiano es tan desolador y tan escandaloso que, si el sistema no lo remedia, habría que pedirle a alguna ONG que abriese una cuenta a favor de Brenes o que hiciera algo. Para que podamos seguir confiando en el tibio espejismo de que la sociedad funciona, y que no estamos todos a la intemperie.

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