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Entre magos...

La esencia de la magia consiste en someter la realidad a la voluntad. En su virtud, se da por supuesto que el conjuro o el ensalmo que expresa ésta sirve para transformar aquélla. Lo importante, en consecuencia, es dominar las fórmulas -palabras o cifras- que controlan el ser y el actuar de las cosas.Sabido es que la ciencia y la técnica modernas se basan en la sustitución del pensamiento mágico por un sometimiento a las leyes de la realidad física. Pero, en lo que hace a la política, la retórica y su conocida función transformadora de la realidad, tiene mucho de magia que se contagia a las ciencias sociales cuando éstas se tornan en normativas y convierten las explicaciones en prescripciones. El peligro surge e incluso el daño se produce cuando la retórica se hincha hasta excluir todo lo demás y se hace normativa con tan enérgica pretensión de validez que excluye cualquier otra realidad.

La economía ofrece numerosos residuos de este pensar retórico normativo que termina siendo mágico y el debate -no español ciertamente, que aquí eso anda mal visto, aunque sí europeo- sobre el euro y sus condiciones y consecuencias lo pone a diario de manifiesto. Baste pensar en las propias previsiones del Tratado de la Unión en las que el imperativo de las normas sustituye a las condiciones fácticas de posibilidad (artículo 109.J,4TU) de modo que lo que no es de hecho posible en una fecha resulta necesario en otra. Nunca la economía ha sido, haciendo verdadero a Marx, tan política, es decir, nunca la retórica, transformada la exhortación en ley, ha tratado de sustituir a la realidad en tan alto grado.

1 La magia y su derivación retórica proporcionan grandes satisfacciones afectivas y de ahí el llamado optimismo de la voluntad, pero también lleva aparejados costes. Sobre- todo cuando los conjuros que no son sino solemnes exhortaciones y aun autoexhortaciones, chocan con la testaruda realidad. Así, por ejemplo, la manipulación de magnitudes macroeconómicas han permitido durante años ocultar la realidad económica alemana, aunque ésta, al final, asomara la oreja y, después, convencernos a los españoles de que podíamos medirnos con ventaja con cualquier otro país europeo, incluida la República Federal, pasando de alumnos aventajados a modelo. Hoy ya nadie duda de que todos los países comunitarios -con excepción de una Grecia políticamente incómoda- cumplirán los criterios de convergencia, creativamente interpretados, aunque lo demás, no se dé, por cierto*, de añadidura, y sobre ello tampoco caben muchas dudas.

Pero, hete aquí que la magia es cosa de magos y el mayor de ellos, el germánico Odín, saca la consecuencia de que la convergencia nominal que permite entrar en la Unión Monetaria sustituye a la divergencia real y hace, por lo tanto, innecesarios los instrumentos reales -fondo y, aun más, criterio, de cohesión- destinados a corregir esta última. Parece que Holanda va más allá y trata de recortar, cuando no de eliminar, los fondos estructurales, alguno de los cuales-como el agrícola, dicho sea de paso, eran, en realidad, poco cohesionantes. ¿Será así castigado el modélico discípulo español? Vayan al ministro Rato los mejores votos para que consiga evitarlo.

Que la economía española va por buen camino, parece ser una incontestable realidad de la que felicitarse con razón. Que la versión retórica del pensamiento mágico aplicado a la política -económica tiene sus riesgos, puede ser otra realidad de la que dolerse, también es cierto. La realidad modesta es siempre más segura que la euforia mágica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 19 de septiembre de 1997.

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