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Tribuna:

De la moralina y sus especies

La palabra moral obliga a mucho; lo mismo sucede con moralista. Uno piensa en Séneca, en Marco Aurelio, en Montaigne, en Camus... Obras y autores donde se reflexiona con aquilatada sabiduría sobre las relaciones personales del hombre con los demás y el propio código de comportamiento. Pero esto es volar demasiado alto. Aquí y ahora, como decían los marxistas de hace 30 años, la planta que más crece es la moralina, que nada tiene que ver con la moral. Consiste aquí y ahora, más allá de la definición del diccionario ("moralidad inoportuna, superficial o falsa"), en la segregación continua de juicios negativos sobre la conducta de los otros.El emisor de tales mensajes se halla, por supuesto, a salvo de cualquier mácula. Es íntegro, rectilíneo, pétreo, con la dureza de las convicciones profundas, inapelable en sus consideraciones, irreversible en sus determinaciones, implacable en sus resoluciones. ¡Y ay de aquel que ose levantar una palabra más alta. que otra contra el dictum de nuestro segregador de moralina! Será anatematizado, execrado, disuelto en polvo, sombra, humo y nada, como quería el poeta barroco.

El tal segregador es una especie de cura laico, pero a lo siglo XIX, que lo tiene todo reglamentado, apuntado, anotado, señalado, y no se le escapa ni una, pero que ni una. Los tales segregadores suelen coincidir en lo esencial, con independencia de su punto de partida: a la hora de la verdad, uno de derechas no se diferencia demasiado de uno de izquierdas; aunque prediquen valores distintos, el tono es el mismo o casi el mismo. Lo que pasa es que al segregador o excretor de derechas ya nos lo conocemos y en cambio, el de izquierdas es más novedoso o relativamente novedoso y, pese a todo, nos cae mejor. Normalmente, tiene más educación y evita el tránsito por las alcobas, que tanto le ha gustado siempre al segregador de derechas.

Pero la cantinela es siempre la misma: no somos solidarios, nos creemos en el mejor del mundos, somos colaboracionistas, aunque, eso, sí, muy radicales de boquilla para fuera, un poco, la verdad sea dicha, como Julio Anguita, que derrama comunismo por los cuatro costados y no duda en pactar con el actual Gobierno de derechas. La verdad es que Anguita, dejando a un lado su retórica levemente joseantoniana y acusadamente maestril, es casi el espejo perfecto del segregador de moralina, teniendo como tiene incluso su catecismo particular (su "programa, programa, programa"). Aunque algo hay que concederle al coordinador de IU: evita las abstracciones, acusa con nombres y apellidos, yeso, en cierta manera, lo hace atípico en el cuadro de rasgos que define el productor de moralina. Así, no hace demasiado llamó "indecente" a Felipe González, expeditiva calificación más propia de corral privado o patio de vecindad que de ágora pública, y a la que sólo le faltaba un oportuno y plástico remate gestual.

Una de las características, en efecto, del buen segregador o excretor de moralina es que siempre habla en abstracto. Los entendidos, los que están en el ajo, pueden rastrear en sus palabras una insinuación aquí, allí una alusión, pero poco más. Desde la cátedra de la extrema pureza el cuerpo del togado -porque hay siempre una toga para tal oficio- no se deja salpicar por el fango de la vida cotidiana. Él condena, fulmina, execra, fustiga, debela, aherroja con verbo tonante y dolorido; pero el probable lector concernido puede siempre mirar hacia otro lado y no darse por aludido, o bien pensar en mengano, que a ése sí que no le gana nadie a insolidario, a trepa, a seudoizquierdista...

Yo me imagino a nuestros segregadores o excretores de moralina terminando de urdir su perorata, sonriendo satisfechos, complacidos, orgullosos tras la redonda faena (los aplausos suenan ya en sus oídos) y cogiendo al perro -siempre hay un perro preparado- y saliendo, ambos alegres, festivos, saltarines, can y dueño, dueño y can, ecológica pareja, a retozar, a brincar, a cabriolear por las humildes hierbecillas que crecen alrededor de su casa de puro, a sorber el buen aire que la rodea. ¡Qué buen aire!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de julio de 1997

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