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Tribuna:

Tangentópolis

La calle de Francisco de Rojas forma escuadra con la mía. Nace en el antiguo bulevar de Sagasta y su numeración no pasa del 12; seis edificios a cada lado. Hace 30 años no había en ella más allá de cuatro o cinco comercios. Ahora comienza, ortodoxamente, en una caja de ahorros y termina con un banco. Ahí espero el autobús y por ella me llego hasta la boca del metro de Luchana. Cuando tenía perro, olisqueaba en los plátanos y acacias que la bordeaban. Ya no lo tengo, y acaban de arrancar -no sé si definitivamente- los árboles. El zapatero remendón -debe ser de los antiguos, con el barbero- se recuesta a veces en el quicio, con el mandil de cuero perfumado de betún, para echar un cigarrito. Hay una veterana gestoría, la moderna óptica, un par de bares de copas, la pizzería -que no falte-, un ajetreado taller de reprografía, unos multicines; el mueblista -que prolonga al sol el palique con los clientes-, la inevitable agencia de viajes y, desde hace poco, una tienda de vinos bien surtida, donde lo que no tienen lo traen.El entorno fue prosperando al ritmo del naciente comercio, savia de la vida ciudadana. Hasta que llegaron las excavadoras, que han comenzado a perforar el subsuelo para construir un aparcamiento. Ocupará lo ancho, largo y hondo de la calle. No se puede estar contra el progreso ni atascar el bienestar futuro, de acuerdo, pero es intolerable el atropello inicuo del interés particular sin haber llegado antes a los tratos indispensables para dejar bien parada a la equidad. La Administración no es un ente abstracto e irresponsable. Si las antiguas imprevisiones descartaron la obligatoriedad de imponer garajes en cada casa, pues estaba muy lejos la ecuación ciudadano-coche, es un hecho que en el cogollo de Madrid parecen faltar lugares donde dejar los vehículos, además de los que forman el inamovible zócalo de los inmovilizados.

Lo que se propone la empresa concesionaria es construir, con el amparo edilicio, una guarida para los residentes, planteamiento que ha tenido y tiene vigor enconado en otras partes de la ciudad. En la calle de Francisco de Rojas hay más locales de oficinas que viviendas -por ahora, a la espera de que los factores se inviertan- y se extiende un tufo especulativo de la oferta de plazas, a dos millones cada una y el al higuí de la revalorización.

A los comerciantes les aguarda la angustia del negro porvenir, aguantando unas obras que van a durar casi dos años, lo que espantará sus clientelas. El reprógrafo, la pizzería y la mayorista de vinos tendrán las rampas de entrada y salida ante su local. El aspecto odioso del asunto es la forma en que se lleva a cabo, tanto en este caso como en la mayoría donde se perpetran incómodas obras públicas, por muy justificadas que estén. El hipócrita trámite de la información pública, nunca o rara vez llega a los munícipes; las decisiones de los plenos no son contradictorias, con la asistencia de vecinos implicados, y la marrullería burocrática tiene gran experiencia en esquivar las condiciones indispensables, cumpliéndolas en tiempo y lugar inadecuados. Es decir, éste y otros aparcamientos -cuyas licencias nunca parecen estar claras, a resultas del hecho consumado- se construyen con desdén absoluto hacia legítimos patrimonios, a los que, cínicamente, se encamina por el vía crucis de la reclamación contenciosa. María del Carmen Sánchez Outerial -donostiarra, hija de andaluz y gallega, vino a Madrid, quemando las naves, vendiendo el piso y aflojando lazos-, es la propietaria de la tienda de vinos. Se ha enfrentado a las máquinas demoledoras y tuvieron que llamar a los geos cuando se abrazó a uno de los cinco árboles que sombreaban su negocio. Nada se le dijo, ni se evaluaron los perjuicios cuyo transcurso hace irreversibles. Ni se prevé la consideración de zona transitoriamente catastrófica, situación nunca contemplada. Esta calle lindante se queda sin mercaderes, que le dan vida, cuando son los que nutren las haciendas con sus impuestos. Me consta que buena parte de los vecinos son, como yo, gente mayor, paseantes de barrio que hace tiempo tiraron la llave del automóvil. ¿Por qué diablos los aparcamientos? El busilis limita con la ciega codicia, con la corrupción, el pelotazo, la tangentópolis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de abril de 1997