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España y Barcelona

Que Barcelona es una ciudad hermosa y vividera, todos lo saben; para muchos, catalanes y no catalanes, la más hermosa y vividera de España. El elogio de Maragall a comienzos de siglo -"Tens aquesta rambla que és una hermosura"- podría repetirlo ahora; y aunque el crecimiento de la ciudad haya relegado al pasado "la pau dels patriarques" que ponían en el ánimo los campos de más allá de San Gervasio -"i tens la dulçura dels teus arravals", dice el poeta a su ciudad-, los eventos de los últimos años han puesto nueva belleza urbana en los campos donde lentamente maduraba el trigo.Pues bien: por obra unas veces del azar y otras de la deliberación, España, la España estatalmente unificada, ha correspondido a ese seductor encanto de Barcelona ofreciéndole las tres más altas creaciones de su historia. Trataré de mostrarlo.

Pocos negarán que el descubrimiento y la colonización de América, desde San Francisco hasta la Tierra de Fuego, desde Nuevo México y Tejas hasta la Patagonia, es la máxima proeza histórica de España. Aunque tantas sombras haya en la realización de tan enorme empresa. Aunque Iberoamérica, en la víspera del siglo XXI, tenga sobre sí la rémora de no ser todavía lo que puede y debe ser. Muy conscientes de ello, los Reyes Católicos, al regreso del primer viaje de Colón, decidieron dar solemne cuenta a España y al mundo del gran descubrimiento del Almirante, y para ello no eligieron Toledo, ni Valladolid, ni Sevilla, sino Barcelona. Vale la pena recoger un fragmento de la descripción que de esa gloriosa efemérides ofrece el padre Las Casas: "Los Reyes... mandáronle hacer un solemne recibimiento, para el cual salió toda la ciudad, que no cabían por las calles... Para recibir con más solemnidad y pompa, los Reyes mandaron poner en público su estrado y solio real, donde estaban sentados, y juntos con ellos el Príncipe Don Juan, en grande manera alegres, acompañados de muchos grandes señores castellanos, catalanes, valencianos y aragoneses...". Escribe un historiador: "Espectáculo sin par el de aquel nauta triunfador, rodeado de indios, brillando al sol los papagayos verdes y colorados". Los cantores de la capilla real entonaron un Te Deum, "por manera", sigue diciendo el relato de Las Casas, "que parecía que se abrían y manifestaban y comunicaban con los celestiales deleites". Retóricas aparte, lo que ahora importa es que los Reyes Católicos -la España recién unificada- quisieron que la comunicación oficial del nacimiento de América a la historia universal tuviese lugar en Barcelona.

¿Cuál ha sido la máxima contribución de los españoles a la historia de las letras? Por mucho que se haya degradado la enseñanza, hasta los niños de las escuelas primarias responderán a coro: "¿Cuál va a ser? ¡El Qu¡jote!". Pues en los últimos capítulos de la inmortal novela, Cervantes rinde homenaje a Barcelona contándonos que en ella, precisamente en ella, don Quijote descubre nada menos que la imprenta, el mar y la melancolía. "Yendo por una calle, alzó los ojos don Quijote, y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros; de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto imprenta alguna, y deseaba saber cómo fuese". Y la novela nos cuenta la deliciosa escena en que nuestro héroe va realizando su deseado descubrimiento. La imprenta. ¿Hay un signo que de manera más evidente y convincente muestra a los ojos el tránsito del mundo medieval al mundo moderno? Pues Cervantes quiso que fuese Barcelona la ciudad en que don Quijote lo percibiese y se instalase en su siglo. Y con la imprenta, el mar, por el hidalgo nunca visto. "Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes; vieron el mar, hasta entonces dellos nunca visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto". Esa mención de las lagunas manchegas pone un punto de ironía cervantina en el importante descubrimiento que don Quijote y Sancho acababan de hacer. Pero yo estoy seguro de que, bajo ese ocasional recuerdo, el alma sensible del manchego don Quijote se sintió enriquecida con la experiencia, para él acaso insospechable, de contemplar que la línea marina del horizonte era más infinita y misteriosa que la de la tierra llana de su patria chica. Y con la imprenta y el mar, la melancolía. Porque el verse vencido por el Caballero de la Blanca Luna y el saber quién era la persona disfrazada con ese nombre, hicieron descubrir de golpe a don Quijote esta grande y humana verdad: que cuando los corazones nobles advierten la imposibilidad de no alcanzar todo lo que se propusieron, su más personal sentimiento es la melancolía. Dentro de sí la llevaba nuestro hidalgo hasta el definitivo regreso a su aldea.

La aventura de América, nuestra máxima hazaña histórica. El Quijote, nuestra más alta hazaña literaria. Y la invención y el establecimiento objetivo de la teoría de la neurona -que las células del sistema nervioso no se comunican entre sí por continuidad, sino por contigüidad-, nuestra máxima hazaña científica. Lo que no todos saben es que esa hazaña tuvo lugar en el modestísimo laboratorio privado que su autor, don Santiago Ramón y Cajal, tenía entonces, en 1888, en su no menos modesta vivienda de la calle del Notariado, Barcelona, de cuya Universidad era profesor. No será ocioso añadir que la teoría de la neurona, base principal de la actual neurociencia, unida a tantos hallazgos morfológicos cajalianos, ha hecho de su autor uno de los más frecuentemente mencionados en los Índices de Citaciones de curso internacional.

Proponiéndoselo unas veces, sin proponérselo otras, España ha dado a Barcelona lo mejor de sí misma. ¿Lo olvidarán los barceloneses sensibles y amantes de su ciudad? No puedo creerlo.

Pedro Laín Entralgo es miembro de la Real Academia Española.

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