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TRIBUNA

De la República

El autor evoca la tradición integradora de la historia de Francia, pero admite que en los últimos 20 años no ha sabido dar un enfoque republicano a la cuestión de la inmigración

El país está conmocionado. Lo comprendo, pues la disputa no es baladí: se trata, en el fondo, de qué idea tenemos de Francia.La Francia que yo amo, tanto en mi calidad de responsable político como en la de ciudadano es, en primer Jugar, la de la nación francesa, constituida por hombres y mujeres que han elegido vivir juntos. Y digo bien "elegido", pues no se es francés solamente (ni siquiera obligatoriamente) por tener sangre francesa; se es francés por voluntad, por adhesión: por amor a una tierra, a una historia, a una cultura, a una comunidad. Ése es el sentido de la nacionalidad francesa.

La Francia que amamos es también la República, es decir, un conjunto de principios y de valores que fundamentan una moral, en primera línea de los cuales están la libertad, la igualdad, la fraternidad y la laicidad.

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Amar Francia es creer en todo eso y, a la vez, combatir lo que lo niega: las viejas ideas -¡sólo Dios sabe lo viejas que son!- de racismo, de antisemitismo, de xenofobia. ¿Alguien duda que ésta sea nuestra lucha? ¿Por qué, pues, ese malentendido que enfrenta a los que hoy deberían marchar codo con codo?

Creo que ante todo se explica por el peso de la historia. Todavía no hemos exorcizado la vergüenza ¿Cómo si no podríamos vivir en semejante confusión intelectual y moral? Simular en una estación parisina la salida hacia la deportación; Ilamar a la desobediencia civil, como es legítimo hacerlo en... una dictadura; hacer un paralelo entre las leyes de Vichy y las de la República... ¿Es posible imaginar tales amalgamas fuera de Francia? Nos queda mucho para asumir nuestro pasado con lucidez y reconciliarnos de una vez con nosotros mismos. Lucie Aubrac expresaba recientemente en la televisión su esperanza en la juventud, que sabrá juzgar y comprender mejor que nosotros, Deseo de todo corazón que tenga razón. El peso de la historia y también de las ideologías que con demasiada frecuencia alteran nuestra percepción de la realidad. Hay hechos que no logramos examinar de forma razonada y ponderada.

Es el caso de la inmigración. Desde hace 20 años no hemos sido capaces de definir un enfoque republicano de la cuestión. Algunos objetan que no es la máxima prioridad. No hay que obsesionarse, pero tampoco practicar una política de avestruz. Es un auténtico problema que no tenemos derecho a ignorar. Los socialistas saben bien que pertenecen a una "partido de gobierno", como se suele decir. De ahí su actual desconcierto.

Para la extrema derecha, el asunto está claro: el extranjero es el culpable de todos nuestros males. Expulsemos al extranjero -ya esté en situación regular o sea ilegal- y ya no habrá en Francia paro, ni inseguridad, ni crisis de vivienda, ni déficit de la Seguridad Social. El nuevo alcalde de Vitrolles acaba de hacer, en este sentido, declaraciones desprovistas de toda ambigüedad. Este discurso -y este proyecto-, de odio y exclusión está en las antípodas de nuestras convicciones y de la imagen de nuestro país en el extranjero; son nefastas para Francia. Quiero combatirlas.

Pero no caigamos en la amalgama inversa, como si no hubiera diferencia entre la inmigración legal y la ilegal. Tal confusión sólo puede ayudar a los extremismos.

Lo que cuenta a mis ojos son los hombres y las mujeres de buena voluntad animados de sentimientos generosos, que respeto y a menudo amo. Compartimos valores fundamentales. Es la razón por la que debemos salir del clima de incomprensión que se ha creado entre nosotros y que hace el juego al qué, debería ser nuestro adversario común. ¿No podríamos intentar reflexionar serenamente sobre lo que podría ser una política republicana de la inmigración y ponemos de acuerdo en algunos principios inatacables?:

-Sí a la acogida y a la hospitalidad, tradiciones de las que Francia está orgullosa (¿acaso no acoge nuestro país cada año a más de 60 millones de visitantes?); sí al derecho de asilo para los perseguidos; sí a la inmigración regular, dentro de las leyes de la República; sí a la íntegración de todos los que quieren compartir nuestros valores, empezando por la laicidad republicana.

-No a la inmigración ilegal, de la que se aprovecha los nuevos negreros del siglo X, que rebaja en su dignidad de hombre o de mujer al inmigrante clandestino, provoca el rechazo de un cuerpo social inquieto y arruina todos nuestros esfuerzos, de integración.

-Sí a una política más ambiciosa todavía de ayuda al desarrollo para permitir que los Estados de imnigración guarden su primera riqueza: sus hijos.

Ésa es la política que, junto a otras, el Gobierno intenta llevar a. cabo. Estoy seguro que puede ser objeto de un amplio acuerdo. Pero si uno se adhiere a esos príncipios no puede rechazar sistemáticamente su puesta en marcha. Ha sido para aplicarlos por lo que desde hace varios meses hemos tomado varias iniciativas: especialmente, hemos propuesto y hecho votar una ley encaminada a luchar mejor contra el trabajo clandestino, que explota a los más vulnerables; también hemos elaborado un proyecto de ley so bre la estancia de extranjeros que concilia medidas de humanización con la búsqueda de una mayor eficacia en el control de la inmigración ilegal.

Pido a los detractores del llamado proyecto de ley Debré que lo lean de buena fe. Encontrarán disposiciones que por fin van a permitir regularizar la situación de los extranjeros que, hasta ahora, se encontraban en situaciones insostenibles: ni regularizables ni expulsables (personas presentes desde hace 15 años en nuestro suelo, cónyuges de ciudadanos franceses, niños nacidos en Francia....). En cuanto a la inmigración ilegal, si nos oponemos de verdad, tenemos que dotamos de los medios para controlarla mediante algo más que palabras. El Gobierno de Mauroy instituyó para ello el certificado de alojamiento. Hemos querido añadir al control de entrada que preveía el decreto de 1982, firmado por Defferre y Badinter, un control de salida evidentemente necesario para verificar el respeto de la ley.

Como no ha sido comprendido el recurrir a la persona que hospeda al extranjero para conseguir este control, el Parlamento, como yo había deseado, nos ha ayudado a encontrar un dispositivo que no se presta a ser contestado, dado el número de grandes países democráticos en los que ya existe.

Doy las gracias a la comisión legislativa de la Asamblea Nacional y especialmente a su Presidente, Pierre Mazeaud. La gran mayoría de los franceses parece aprobar el texto modificado.

¿Hay, pues, que cambiar de terreno y reclamar la pura y simple derogación de todo dispositivo legal de control de la inmigración irregular? ¿Es que no se ve que tal demagogia haría evidentemente el juego a los que nos acusan de laxismo e impotencia?

Siempre he rechazado las tesis racistas y me he negado a todo compromiso con sus propagandistas, y no variaré mis convicciones. Como responsable político, es mi deber hacer una advertencia: no nos, equivoquemos de objetivo frente al peligró que denuncio desde siempre. No creemos nuevos desacuerdos que harían el juego a aquellos a los que todos los republicanos desean combatir. Francia, que ha dado al mundo la Declaración de Derechos Humanos, también ha tenido sus momentos de deshonor, y uno de los grandes méritos de Jacques Chirac, a diferencia de otros, es haber tenido el valor de decirlo en nombre del país.

No transijo con los principios republicanos. Estos principios tienen sus exigencias, y no olvidemos algunas de ellas bajo el pretexto de defender otras. El reconocimiento de la dignidad de cada uno, sean cuales fueren sus orígenes, sus opiniones políticas o sus creencias religiosas, no puede lograrse más que respetando nuestras grandes reglas comunes.

Nuestra sociedad ha sido diversa en su origen, cultura y expresión, desde siempre, y no lo será menos mañana. No negamos que esta diversidad pueda ser una fuente de dificultades y de conflictos, pero hay que abordar estos problemas con serenidad. Así, y sólo así, podremos, como en, el pasado, hacer de esta diversidad una fuente de riqueza, de creatividad y de inteligencia que nuestra vida nacional debe reconocer e integrar plenamente.

Si hay un combate a entablar es el de seguir siendo solidarios, unidos en tomo allegado de la República, sean cuáles fueren nuestras preferencias políticas. Es nuestra mejor defensa contra nuestra tendencia a la división y contra el aumento dé la intolerancia.

Alain Juppé es primer ministro francés. Copyright: Le Monde / EL PAÍS.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de febrero de 1997

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