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Tribuna:

La maleta de Alicante

La historia es conocida desde que Indalecio Prieto publicó en el exilio mexicano su libro Convulsiones de España: "Cuando se fusiló a Primo de Rivera", relata el viejo socialista, "el comandante militar de Alicante, coronel Sicardo, se hizo cargo de cuantos efectos había en la celda del ejecutado y me los mandó. Estaban contenidos en una maleta, figurando entre ellos varias prendas de ropa interior, un mono, unas gafas, recortes de periódicos y bastantes manuscritos, incluido el testamento, del que remití copia a los albaceas, Raimundo Fernández Cuesta y Ramón Serrano Suñer". Escritas estas líneas en 1959, fue en enero de 1977 cuando las llaves de esa famosa maleta -es decir, las de la caja del banco donde se conservaba- fueron entregadas por el socialista histórico Víctor Salazar a Miguel Primo de Rivera, sobrino del fundador de Falange. Y tras haber tenido acceso a los papeles historiadores como Ian Gibson, una selección de los mismos llega ahora a las librerías bajo el título de Papeles póstumos.El morbo de estos papeles de Alicante reside en un enigma de imposible solución: ¿qué hubiera sucedido en el bando franquista si Primo de Rivera se incorpora a él en lugar de caer fusilado el 20 de noviembre de 1936? Según una hipótesis, nada. Igual que se apresuró, tras las sucesos de octubre del 34, a buscar una bandera tricolor para ovacionar a Lerroux en la Puerta del Sol, conforme refleja la conocida fotografía, hubiese seguido la suerte de otros dirigentes falangistas, convertidos en peones, cuando no en piezas decorativas, de la dictadura militar. De acuerdo con la hipótesis alternativa, su fuerte personalidad debía tropezar frontalmente con la de Franco, convirtiéndose así en obstáculo decisivo para la paz de cementerio que el astuto general hizo reinar en la zona llamada nacional.

Hay que decir que los documentos de la maleta ahora publicados no aportan nada para inclinarse por una o por otra solución. Ni siquiera el conocido texto sobre la reconciliación de los adversarios, con la lista de posible Gobierno, puede inclinar la balanza, dada la excepcionalidad del momento en que fue redactado. Gibson probó ya en su día suficientemente la implicación a fondo de José Antonio Primo de Rivera desde la cárcel en los preparativos de la rebelión militar, de manera que mal pueden parecer sinceros sus lamentos posteriores cuando está en cursó la guerra civil que él buscó denodadamente. Proponer como solución desde su celda en agosto un Gobierno con Prieto y Maura -el aldabonazo que probaría las buenas intenciones- encaja mal con la carta del 12 de julio de 1936 donde considera el peor de los peligros un Gobierno de los mismos Maura y Prieto que resolviera la crisis a corto plazo 11 sin levantar nada sobre fundamentos hondos". En todo caso, estaríamos ante un arrepentimiento que no puede borrar la responsabilidad antes contraída.

La posibilidad de una lectura plural del pensamiento de Primo de Rivera se deriva de dos características que hacen especialmente escurridizo su discurso político. Una de ellas es la carga de inseguridad, observable también en los escritos, que cabe relacionar con su vida personal. Los fragmentos de novela guardados en la maleta de Alicante son piezas sueltas de un. rompecabezas, sin valor literario alguno, pero cuadran bien con los datos que poseemos sobre su vida sentimental, marcada por la insatisfacción de un "navegante solitario" (título del último fragmento) para conseguir una relación adecuada a su sistema de valores. Como contrapunto, hay fogonazos que apuntan a la dualidad de comportamientos, habitual en un joven bien de su época: "En tre las mujeres laicas", apunta, "sólo son tolerables las que salen un poco golfas". De un lado, la aristócrata casadera; de otro, el ambiente de cóctely cabaret. Las posiciones políticas se mueven también entre polos difícilmente conciliables. En el discurso de la Comedia defiende el papel de los señoritos capaces de asumir el sacrificio por el Estado totalitario. Pues bien, sólo tres meses más tarde condena al señoritismo que rehúye la acuciante tarea de "ir repartiendo y recibiendo golpes". Al parecer, los señoritos preferían regalarse con un vaso de whisky a la espiritual misión de aplicar la dialéctica de los puños y las pistolas: así no había forma de salvar España. Entre 1934 y 1936 llama una y otra vez a los militares a sublevarse contra la República. Luego ve en los alza dos, aquellos mismos con quienes colabora sin reservas hasta el 17 de julio, "un grupo de genera les de honrada intención, pero de desoladora mediocridad política". ¿A qué carta quedarse? . Conviene tener en cuenta la segunda' característica de José Antonio Primo de Rivera: su condición de abogado. En sus principales intervenciones encontramos una estructura del discurso propia del alegato forense, cuyo eje es la pirueta en que una argumentación, plagada de concesiones a la parte contraria, desemboca en una conclusión que contraviene el razonamiento y la declaración de intenciones previos. El punto de partida consiste en otorgar pormenorizadamente la razón en los motivos al adversario real, trátese de las reivindicaciones obreras, de la reforma agraria o de la conveniencia de acabar la guerra. Esto proporcionará con el tiempo a los adictos un copioso repertorio de citas que pemiten hablar de la generosidad y del progresismo de su José Antonio. A continuación, viene el enmascaramiento del propio referente real. Se rechaza cualquier vinculación con intereses procedentes del pasado, sean políticos (monarquía) o económicos (capitalistas, terratenientes), todo de acuerdo con la técnica de captación habitual en el pensamiento fascista. Por fin, casi insensiblemente, el salto sobre el abismo para propugnar el Estado totalitario, la destrucción de la democracia y la violencia como medio, sin más trabajo que descalificar al oponente.

Claro que el desenlace es de masiado brutal y Primo de Rivera lo encubre con notable fortuna, escudándose en el pensamiento de Ortega. Con razón, el filósofo desoyó los llamamientos que le hiciera el hijo del dictador. De acuerdo con una anécdota que me refirió un familiar del primero, ambos coincidieron por azar en un restaurante y Primo de Rivera envió a Ortega una nota solicitando permiso para saludarle personalmente. Ortega rehusó la petición, justificando el gesto ante su acompañante con una frase críptica: "Este joven está muerto". En cualquier caso, difícilmente podía agradarle a Ortega la manipulación reiterada que el fundador de Falange hizo de su vocabulario, de su estilo y de los argumentos centrales de España invertebrada.

Es lo que muestra el documento de la cárcel más valioso, reproducido en estos Papeles póstumos: una visión en apariencia delirante de la historia de España en clave de "germanos y bereberes", redactada en agosto de 1936. Tomando la teoría orteguiana de las minorías rectoras, Primo de Rivera nos cuenta que el devenir histórico de España estuvo presidido por un grupo racial egregio, la minoría aria germana procedente de los visigodos, que en la Reconquista se enfrentaron a otro similar, los árabes, y desde entonces ejercieron el poder con plenitud sobre la mayoría de la población española, los inferiores, de raíz bereber. Este simpático y universal destino de "la España dominadora" se prolongó en declive hasta que los bereberes se alzaron con el Gobierno, desplazando a las "clases directoras" en 1931. "Bereberes" y "pueblo", el pueblo español siempre dominado, son lo mismo, y a su lado se encuentran los intelectuales de izquierda, a partir de Larra, la mejor muestra de "la línea bereber" marcada por el resentimiento y la esterilidad cultural, cuando no por la extranjería. Llevaron tal resentimiento estos aborígenes bereberes, la "aristofobia", según nos cuenta en otro escrito de la maleta, hasta borrar los títulos nobiliarios de la guía de teléfonos. Por algo José Antonio Primo de Rivera adopta en sus novelitas el seudónimo de Alarico, el primer gran monarca visigodo y jefe guerrero, evocando la nueva restauración cuyo protagonismo quiere asumir. Frente a la rebelión democrática de los inferiores, a la vulgaridad de la "nueva invasión bereber" que destruye "todo el aparato monárquico, religioso, aristocrático y militar", debe alzarse de nuevo la aristocracia, su clase, apoyada en el Ejército y. en la fórmula innovadora del Estado totalitario. En definitiva, estamos ante una conjugación de racismo antipopular, arcaísmo y fascismo militarista. El punto de llegada de tal recuperación del poder -promete en otro lugar- será el Paraíso, junto a cuyas puertas estarán "ángeles con espadas". No en vano el camino para alcanzarlo se ve presidido por la muerte.

Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de noviembre de 1996