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Tribuna:

El escarabajo

Los escarabajos llevan sobre sí su propio ataúd, de ahí ese tambaleo que caracteriza su manera de andar. Los hay de muchas clases, lo mismo que hay funerales de primera o tercera, pero todos tienen un acabado que no conocen, ni de lejos, los féretros de los cardenales, los emperadores o los príncipes. Los más hermosos se encuentran en la hojarasca, debajo de las piedras, o en la corteza de los árboles. Hay uno, el golpeador, que vive en túneles excavados en las habitaciones de los enfermos, desde donde produce un tictac agónico dirigido a los que van a morir. Por eso se le conoce también como el reloj de la muerte. El de nariz sangrante te deja en la mano una gota de líquido rojo, y el llamado rinoceronte abre al atardecer las dos partes de su estuche para convertirse en un ataúd volador que llena de conjeturas el crepúsculo.La primera vez que das con un escarabajo debajo de una piedra es como ese instante único en que notas la agitación de un pensamiento escéptico debajo de una idea convencional: te abres sin querer a formas de conocimiento cuya existencia ni siquiera habrías podido sospechar. Y si le das la vuelta a la idea, o al escarabajo, verás que su abdomen, en forma de bóveda, constituye un firmamento inabarcable, con sus cuerpos celestes y sus agujeros negros, por cuyos túneles, igual que por el interior de una galería de madera, podrías acceder a las zonas más enfermas de ti para cronometrar, como el golpeador, la agonía de conceptos inhábiles. Si este verano, al arrancar la corteza podrida de un árbol o al levantar un pensamiento nocivo, ves una familia de escarabajos o un conjunto de ideas arrastrando pesadamente un ataúd, puedes estar seguro de que has dado con la combinación perfecta entre lo blando y lo duro, lo muerto y lo vivo, el tópico y la ocurrencia original. Enhorabuena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de agosto de 1996