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Editorial:

Ruina de ruinas

AL ANOCHECER, en el vacío de agosto, las máquinas taladradoras del Ayuntamiento madrileño destruyeron unas ruinas sepultadas de lo que fue el Madrid de los Austrias: del Siglo de Oro. Ruinas cortesanas: el Jardín de la Reina, paredes del primer alcázar fuerte, vestigios de iglesias; lo que fue Hacienda, llamada Casa del Tesoro. El siglo, en sí, es imposible destruirlo porque no es una cuestión de ruinas: es una época en la que bajo una soberanía de imperio muriente, y bajo una Iglesia que mantenía incandescentes los leños del Santo Oficio, había una vida bullente y esperanzada: un arte, una literatura, una voluntad de modernidad contra los restos de la Edad Media.Pues bien, nada queda hoy de la materialidad de aquello. Apenas unas cuantas piedras numeradas de lo que hasta el lunes fueron dignas fachadas y un recinto alabado como espacio espectacular y evocador, casi único, por el arqueólogo que había pasado dos años buceando en las entrañas de ese Madrid noble y cortesano. Uno de los arqueólogos, porque el otro, una arqueóloga, no era partidaria de conservar las fachadas de la Casa del Tesoro y el Jardín de la Reina. Ambos eran los directores de las excavaciones previas a la tremenda transformación que está sufriendo el lugar. Se trata de enterrar el tráfico frente al Palacio Real y construir en el subsuelo un centro comercial y aparcamientos. Hay 4.000 millones de pesetas en juego. La decisión correspondía al Gobierno regional de Madrid, del que depende todo lo relativo a conservación del patrimonio. Ante las dos opiniones técnicas contrapuestas, la autoridad ha optado por la piqueta. Sin tomar en consideración ninguna de las tres alternativas conservacionistas ofrecidas por el otro arqueólogo, y sin buscar, ante las divergencias, otras opiniones de expertos.

Le faltó tiempo al Ayuntamiento, con el permiso en la mano, para llevarse por delante el último vestigio del Alcázar de los Austrias. En medio de una gran polémica, en medio del silencio de los responsables políticos del PP (gobernantes en las tres administraciones: local, regional y nacional), bastaron dos días para que las máquinas cumpliesen una misión que se antoja cruel para la memoria de Madrid. La alcaldesa en funciones, Mercedes de la Merced, prefirió el silencio y la nocturnidad, y sólo cuando ya logró el montón de escombros se hizo presente con un comunicado que se limitaba a cargar sobre la Comunidad toda la responsabilidad. Todo ello, antes de que ningún arqueólogo más pudiera examinar aquel espacio singular, y pese a que siete estudiosos avalaron el interés histórico de las ruinas. Entre ellos, Fernando Checa, nuevo director del Museo del Prado y especialista en los Reales Alcázares.

El alcalde se fue de vacaciones y quedaron solamente sus instrucciones: fulminantes y como secretas. Por sorpresa. Y han puesto vigilantes para que nadie mire. Censura significa vergüenza de quien la impone. ¿Y la oposición? Izquierda Unida acude hoy al fiscal, los socialistas piden dimisiones y anuncian querellas; a unos y a otros se les escapan palabras como "tropelía", "desafuero" y "atropello". Pero la cosa ya no tiene remedio, y lo saben. ¿Dónde estaban cuando, como representantes de la oposición, debían controlar la gestión de los gobernantes? ¿Y dónde, cuando las máquinas comenzaron a tragarse el suelo que pisó Velázquez?

Por lo que unos han permitido y lo que otros no impidieron, nadie jamás sabrá lo que ha perdido el patrimonio histórico de este país en dos días de agosto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 16 de agosto de 1996