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Un incendio devasta el poblado de Méndez Álvaro y abrasa a dos personas

Un devastador incendio arrasó ayer por completo el poblado de Méndez Álvaro, el gueto más sórdido de Madrid, donde se hacinaban unas 50 personas -en su mayoría toxicómanos, prostitutas e inmigrantes africanos- en unas 25 tiendas de campaña, algunas hechas de bolsas de basura. El fuego, que según los testigos se originó por accidente en una tienda, se extendió con rapidez por el misérrimo poblado y abrasó a dos de sus moradores, quienes ayer se debatían entre la vida y la muerte. El 6 de junio pasado el poblado sufrió otro incendio, también de origen dudoso, que acabó con la vida de un asiático mientras dormía.El siniestro de ayer se desató a 13.40, poco despúes de que la Junta Municipal de Arganzuela hiciese pública la orden de desalojo del poblado, levantado sobre las escombreras e inmundicias que se acumulan bajo el puente de Pedro Bosch, junto a la vía del tren.

Los primeros datos apuntan que el fuego partió de una tienda situada en el extremo del poblado, donde el espacio entre el suelo y el puente apenas mide un metro y medio. Allí, según contaron a este periódico varios testigos, un habitante mantenía dos velas encendidas. Las llamas, por motivos que se desconocían, saltaron de las palmatorias. Las condiciones del lugar -sin agua corriente ni electricidad- facilitaron su propagación. Aplastado bajo el hormigón del puente, el fuego acumuló toda su potencia en unos pocos metros y aceleró su paso. En este avance, las llamas no encontraron ningún freno; por el contrario, se vieron alimentadas, como en una caldera, por el material altamente inflamable del que estaba hecho el poblado: telas, plásticos, colchones, cartones, basura y maderas.

En pocos minutos el fuego ya era imparable. Su propagación, entre gritos y carreras de espanto, sorprendió a María Santa Sánchez Núñez, de 25 años, y a un hombre de raza negra sin identificar. Ambos, presumiblemente, dormían.

El Ayuntamiento vallará la zona calcinada para impedir que el poblado se vuelva a erigir. María Sánchez, con quemaduras en un 70% de su cuerpo, fue trasladada en un coche hasta el hospital Gregorio Marañón, desde donde una ambulancia del Insalud la llevó a la Unidad de Quemados de La Paz. Su estado era de extrema gravedad, al igual que el del hombre negro, quien fue conducido por el Samur al hospital de Getafe. Sufría quemaduras en un 80% de su cuerpo. Un tercer herido, Paul Chimezíe, nigeriano de 33 años, recibió el alta por la tarde.

Un vigilante de Renfe dio el primer aviso del incendio a la central de bomberos. Eran las 13.49 y el fuego prácticamente había arrasado el gueto. Los servicios de extinción iniciaron entonces una salida en tromba. Entretanto, los habitantes del poblado recogían, asfixiados bajo una nube de humo y fuego, sus pocas pertenencias, especialmente los colchones. Corrían, saltaban, huían. El lugar, sometido a altísimas temperaturas, se había convertido en una trampa mortal. "Fue terrible, el fuego parecía respirar, no paraba, iba rapidísimo", comentó una afectada.

En pocos minutos el incendio había arrasado el gueto. Sólo una tienda seguía en pie. Su habitante, una vez sofocadas las llamas, volvió dentro y, con toda tranquilidad, rodeado por el cordón policial y a menos de 10 metros del alcalde en funciones y los mandos de seguridad, se metió un pico. "Pues yo no estoy mal. Pero dejadme tranquilo, ¿vale?", decía el hombre, largo, barbudo y con la jeringuilla en la mano. A su alrededor los rescoldos aún humeaban.

"No ha quedado nada", decía el alcalde en funciones, José Ignacio Echeverría, del Partido Popular, a quien acompañaban el concejal de Arganzuela, Clemente Torres, y el director de servicios de la Policía Municipal, José Manuel Morales.

Echeverría adelantó que el Ayuntamiento ordenará la limpieza y vallado del lugar, para evitar que se incumpla la orden de desalojo. "No podemos dejar que vuelvan, y tampoco podemos tirar el puente. Este lugar no es habitable, está lleno de desperdicios", dijo.

"Les hemos ofrecido alojarles en albergues municipales y no quieren. Muchos son ilegales y no podemos forzarles", afirmó Clemente Torres, para añadir: "Esto es un centro de droga y prostitución marginal. Desde que existe ha aumentado la inseguridad en el barrio. Tienen un plazo de 10 días para cumplir la orden desalojo".

Fuera del cordón policial, sin tienda, tirados en el suelo, o erguidos e increpando a los agentes, los pobladores hablaban de su futuro con la misma desolación que de su pasado. "Pues mira, habrá otros puentes en esta ciudad", comentaba una mujer, que había guardado sus pertenencias en una mochila. "Dormiremos aquí, en cualquier sitio", decía otra, sin más posesiones que una camiseta blancuzca y con sus pies descalzos. "¡Y yo qué sé!", gritaba una tercera, vestida sólo con unos pantalones cortos y un sostén. Sus piernas mostraban marcas negras de pinchazos. "Aquí no se vende droga, sólo se consume", añadió.

¿Y si vallan todo esto, qué harán? "Tendrá que ser muy dura la valla para que no podamos entrar", advertía un guineano. Su compañero, un silencioso hombre negro, tampoco parecía muy preocupado: "Mira, yo no puedo meterme en un albergue, porque... me gusta el aire libre".

Una mujer, de ojeras negras como el carbón, explicó: "Lo único que queremos es una vivienda, pero nadie se preocupa de nosotros. Y eso sí que te quema, la mayoría somos enfermos y necesitamos ayuda".

"Pues claro que estamos mal", decía Patri, madrileña de 23 años. La mujer, también descalza, se había sentado sobre una piedra, "se me ha quemado toda la comida". Junto a ella el inmigrante Félix y su amiga Rosi miraban escépticos el deambular de agentes y bomberos sobre las cenizas humeantes de lo que era su hogar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de julio de 1996

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