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Las espinas del paraíso

Hacia 1770, dos hermanos procedentes de un lugar de Vizcaya aspiran a que sea reconocida en Madrid su pertenencia al estado noble. Su ejecutoria, en calidad de "vizcaínos originarios", enfatiza en primer término la calidad de sus apellidos. "Es tradición antiquísima", puede leerse en la referencia al primero, "que tres hermanos descendientes de uno de los tres Reyes Magos que guiados de la estrella adoran al Señor vinieron a España a tiempo que se hallaba conquistada de los moros, y habiéndose presentado al rey don Pelayo le ofrecieron muchas riquezas para que diese principio a la restauración de España, le acompañaron en ella e hicieron muchas hazañas dignas de rnemoria". ¿Qué mejor limpieza de sangre que la apoyada en uno de los Reyes Magos, sobre todo si éste no era Baltasar? ¿Y qué mejor campo de prueba para sus virtudes que la guerra contra el infiel? Pero no estamos ante un cuento oriental, sino ante el alegato para obtener un privilegio. La referencia a los orígenes idílicos se eriza además cuando se contempla desde el exterior. La reivindicación de la pureza supone el correlato de lo impuro, cuya descripción como oponente es lo que confiere valor a aquélla. Lo que caracteriza a nuestros vizcaínos originarios es no estar afectados de ninguna de las marcas de la impureza: no ser extranjeros, ser "de limpia sangre y de esmerada generación" (sic), "libres de toda mala raza de generación de moros, judíos, herejes conversos ni penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición por crimen perpetrado contra nuestra sagrada religión, ni de otra mancha, secta ni raíz infecta". La idealización aparentemente ingenua de los orígenes se convierte en fundamento para una exigencia interesada y en agente de legitimación para una actitud agresiva frente al otro.En definitiva, estamos ante la columna vertebral en tomo a la cual se articulan las más diversas ideologías y orientaciones integristas en este fin de siglo. Por supuesto, y en primer plano, la correspondiente al nacionalismo radical vasco. Sólo que ahora, lógicamente, no se trata de alcanzar el reconocimiento como "españoles puros", sino de relegar precisamente la españolidad a ese mundo de las tinieblas exteriores donde se confundían en el siglo XVIII los individuos de mala raza y los extranjeros. Un repaso a la simbología desplegada por HB en el mitin electoral de Anoeta de las pasadas elecciones puede servir para comprobar esa sorprendente continuidad. La personalidad propia se define a partir de un conjunto de símbolos evocadores de un pasado al propio tiempo idílico y guerrero, con un remake a escala reducida de los alardes de Hondarribia y de Irún, desfiles festivos que ahora cobran una significación bifronte -las pasadas luchas que enlazan con la vigente de la juventud abertzale-, o paseando por el césped los jinetes que al enarbolar el estandarte del arrano beltza, del águila negra, trazan un puente similar entre las batallas medievales por la libertad y las llevadas a cabo por ETA. Por último, la dualidad basada en la distinción entre lo puro y lo impuro preside la separación radical entre los partidarios de una lucha armada por la independencia, encarnada por ETA, y el conjunto de enemigos exteriores, contaminados de españolidad y destinados por consiguiente a ser suprimidos. El papel emblemático asignado a los mártires y a sus madres subraya la centralidad de la sangre en esta nueva confrontación con quienes por españoles o españolistas (PNV, zipaios) tienen "la sangre rojigualda".

Idealización de la propia comunidad, tratamiento del otro de acuerdo con el criterio básico de pureza o impureza, recurso a la violencia para resolver el conflicto real o imaginario: tal es la fórmula tan eficaz como perversa que ya pusiera en práctica el nacionalsocialismo y que en este fin de siglo es aplicada con simples variantes formales por los que llamaríamos "integrismos de exterminio". La limpieza étnica llevada a cabo por los serbios en Bosnia sería un ejemplo inmejorable, con el añadido de que la divisoria de la impureza ha sido de naturaleza religiosa, afectando a los propios serbobosnios de fe musulmana. En el caso del nacionalismo integrista ruso, versión Zhirinovski, el esquema supone una recuperación de los planteamientos de extrema derecha nacionalista anteriores a 1917, basado en la exaltación de la tierra rusa, la sacralización y una mezcla de xenofobia y de antisemitismo. Para el integrismo islámico, el estigima de la impureza se atribuye fundamentalmente a quien incumple las reglas de la religiosidad tradicional, incurriendo en los modos de vida, de pensamiento, e incluso de vestimenta, occidentales. En todos los casos, hay un momento del pasado que segrega un modelo de comportamiento, de creencia y de control social, en contraste con la degradación y la tolerancia actuales, valoradas negativamente.

No es, pues, el integrismo un fenómeno específico de las sociedades islámicas, aun cuando sea en ellas donde ese rechazo de los conflictos de la modernidad, y la afirmación consiguiente de un proyecto autoritario de restauración, hayan alcanzado una expresión más definida. El vacío ideológico suscitado por el hundimiento de la gran utopía progresista del siglo, la construcción del socialismo y las severas limitaciones sufridas por las expectativas de un tercer mundo suspuestamente en progreso, la crisis económica en una palabra, han abierto las puertas a ese repliegue hacia valores míticos, o valores reales mitificados, que conlleva una afirmación comunitaria agresiva frente a un enemigo real o designado. A la adhesión racional sustituye la vinculación religiosa de tipo sectario, frecuentemente acompañada de una proyección militar. La violencia pasa a primer plano en las relaciones políticas.

En el mundo extraeuropeo, quizá no sean los países islámicos el espacio donde esas tendencias corren peligro de triunfar a corto plazo. En estas mismas semanas, las elecciones generales en la India pueden llevar al poder por vez primera a un partido de raíces integristas, el Partido Popular de Bharat (BJP; Bharat es el nombre mítico hindú de la India), poniendo fin a medio siglo de hegemonía de los ideales laicos y tolerantes del Partido del Congreso que orientaran Gandhi y Nehru. En este caso, como en el de su aliado regional el Shiv-Shena, que ha conquistado no hace mucho Bombay tras una política de militarización del espacio urbano que para sí quisiera HB, el chivo expiatorio es la importante minoría musulmana, contra la que vienen dirigiendo desde hace, años peregrinaciones agresivas y movilizaciones para la destrucción de mezquitas de alto valor simbólico (emblema: el asalto a la mezquita de Babur en Ayodhia en 1992, donde, contra toda evidencia, dicen que hubo un templo de Rama). La vieja barrera de pureza entre las castas se traslada aquí a la divisoria de creencias, al modo serbio. El musulmán es el enemigo y el pasado feliz es el mítico del "reino de Rama" o el mitificado de quienes lucharon contra los invasores musulmanes. En vez del arrano beltza, encontramos el estandarte azafrán de Shivaji. En lugar de la unidad esencial de los territorios de Euskadi a ambos lados del Pirineo, la de las tierras desde el Indo hasta el océano. Donde para unos están los valores sencillos y rurales de la comunidad abertzale, para otros los de la hindutva o hinduidad. Los contenidos difieren, lógicamente. También el recurso al gopti, bastón corto con espada, en vez del cóctel mólotov para la lucha urbana. Pero la lógica de exterminio coincide.

Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense de Madrid.

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