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De Gaulle en la Generalitat

En la campaña electoral, Pujol ha agitado el fantasma de la vuelta del Partido Popular, con su marchamo centralizador, y repetido machaconamente su credo: "Dadme de nuevo la mayoría absoluta, pues no sabemos quién gobernará mañana en Madrid", lo que equivalía a decir que con un poder sin compartir aquí, tendré mayor libertad para perfilar mis alianzas allá. El pujolismo o la ambigüedad calculada. "Llevar a Cataluña más lejos", "construir un país", tales son los lemas esgrimidos durante la campaña. ¿Más lejos? ¿Hasta dónde? ¿Qué país? A los independentistas catalanes, sus adversarios republicanos de que no reconocen al Rey (...) y piden un referéndum según el modelo del de Quebec, les diría Pujol: "Para qué forzar el no va más? El objetivo está claro y somos nosotros quienes marcaremos el ritmo." Pero con el orgullo del paladín visionario y poseído de su misión, se conforma con reclamar, ladino, "el estatuto de autonomía, nada más que el estatuto, pero todo el estatuto", sabedor de que llevar a término la transferencia de competencias, ya bien avanzada después de 15 años, dejará a Madrid merios poder en Cataluña que a Bruselas. ¿Qué le falta aún a Cataluña en el camino de la independencia? Lo único seguro es que el día que se despierte como nación soberana no habrá ni tambores ni trompetas, tan sólo los flabiols con su rumor agridulce e irónico.

19 de noviembre

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