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Tribuna:

El lugar del hombre

Aprovecho el estímulo provocado por un reciente artículo de Fernando Savater (Madre dolorosa, EL PAÍS, 2 de octubre de 1995) en el que se comentaban y criticaban aspectos de uno anterior mío (La destructora de mundos, EL PAÍS, 17 de septiembre. de 1995) Para extenderme en ciertas afirmaciones que figuraban en este último, algunas de las cuales han originado, según veo, la discrepancia.No sé si Savater me incorpora. a esta "nueva mística" a la que se refiere al final de su texto, pero, por si hiciera falta, debo manifestar el fastidio que siempre he experimentado por el mercado del espiritualismo que trata de vendemos, a cada paso, actitudes beatas y recetas de salvación. Pero eso no me hace despreciar determinadas actitudes y vivencias espirituales, sino más bien el espíritu sacerdotal, que, como sabemos, lejos de reducirse a lo religioso, puede encontrar adeptos en cualquier campo, incluidos esos guardianes del racionalismo que siempre están dispuestos a dar fe de la irracionalidad de los demás.

Aunque respete la posibilidad mística no era de "mística", desde luego, de lo que hablaba en mi artículo cuando relacioné las actuales pruebas nucleares en el Pacífico con la crónica de la primera bomba atómica y nuestra percepción de la naturaleza con el verso del Bhagavad Gita ("Me, he convertido en la muerte, la destructora de mundos") evocado por Robert Oppenheimer. No me pregunto si soy ecologista profundo o no, pero sí estoy convencido de la necesidad de un viraje en el vínculo entre el hombre y su entorno, de manera que cada cuestión particular -en este caso, los ensayos nucleares franceses o chinos- quede integrada en una perspectiva global del escenario. Me parece imposible mantener, a este respecto, posiciones que siendo probablemente adecuadas y explicables para los siglos XVIII y XIX son caducas, cuando no suicidas, a finales del siglo XX. El valor testimonial de recordar la silueta poderosa y siniestra del primer hongo nuclear estriba, singularmente, en poner de relieve la fecha simbólica que ha contribuido en mayor medida a la demolición del "mito del progreso" paulatinamente instaurado tras la revolución renacentista.

Soy perfectamente consciente de que no, podemos escapar a la visión antropocéntrica. Todas las visiones humanas, incluidas las que aparentemente se sitúan en el extremo contrario, son en última instancia antropocéntricas: aun las concepciones míticas, religiosas o filosóficas que difuminan la prioridad humana están formuladas desde el punto de vista del hombre. Mediante este ángulo nuestra concepción de la naturaleza sólo puede ser antropocéntrica. Ahora bien: esto no significa, por supuesto, que únicamente quepa una concepción de la naturaleza. La historia de las civilizaciones nos habla de una multitud de ellas, e incluso en la civilización moderna se ha cuestionado con frecuencia el modelo mecanicista e "inanimado", si bien éste. ha sido preponderante, como denuncia el propio lenguaje cotidiano.

Cuando en mi artículo hablé, del dolor de la naturaleza sabía, por tanto, lo provocativa que nos resultaba la expresión. Sin embargo, mi intención, ya entonces explicitada, no era lamentarme por la Madre dolorosa a la que alude el amigo Savater, sino alertar sobre la ruptura de un modelo de colonización y domesticación indiscriminadas de la naturaleza (y, en consecuencia, para nosotros, del hábitat humano): una de las grandes utopías modernas que, como las demás, ha incubado su contrafigura destructora y totalitaria La primera explosión nuclear de Nuevo México y la primera bomba de Hiroshima, con la eclosión, sin precedentes en la historia del hombre, de un poder exterminador total de responsabilidad exclusivamente humana -y no diabólica o divina-, significaron el gran punto de inflexión para la conciencia de nuestro siglo. Lo "doloroso" de las pruebas del Pacífico no se limita al eventual perjuicio más o menos local, sino que es la consecuencia de constatar el totalitario empeño en la "destrucción de mundos".

Sin olvidarme en absoluto de nuestro anclaje antropocéntrico, no me parece imposible, tras la experiencia moderna -prometeicamente creadora, mefistofélicamente destructora-, avanzar hacia una redefinición de nuestros vínculos con el entorno natural. Del mismo modo en que nos hemos visto obligados a revisar buena parte de los argumentos de la modernidad, también el carácter de aquellos vínculos puede ser tentativamente modificado: una comprensión más flexible y plural del nexo entre hombre y naturaleza podría, al unísono, rebajar la agresividad de nuestro egoísmo antropocéntrico y facilitarnos la posibilidad de futuro.

Cierto que la naturaleza, entre otras múltiples formas, puede ser entendida como un mecanismo indiferente (incluso monstruosamente indiferente) y fríamente objetivo. Pero la complejidad de la mirada moderna exige otra percepción, en gran manera nueva, que se ha ido fortaleciendo a medida que, por un lado, el escenario humano se ha planetizado, y, por otro, han crecido los riesgos de quiebra de tal escenario: la naturaleza comprendida como lugar del hombre, como hábitat fundamental en el que, más allá de tribus, pueblos o imperios, se determina una parte decisiva del destino humano.

Esta es, pienso, una de las lecciones genuinas de nuestra época. A este respecto, las razones de Estado o los intereses nacionales son insuficientes, cuando no directamente negativos, para las razones o intereses de nuestro escenario común. Eso nos obliga a variar nuestros conceptos de paz o de guerra. No hay paz posible mientras se camufle la destrucción, no de tal mar, isla o país, sino del lugar del hombre, un lugar del que, gracias precisamente a la riqueza de la singladura moderna, reconocemos su indivisibilidad, por encima de patrias y naciones.

Rafael Argullol es escritor y filósofo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de octubre de 1995