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Tribuna:

La felicidad

Pese a que los españoles hemos vendido el pollino antes de tiempo, las encuestas dicen que somos felices. Nuestro país es todavía una mezcla de cibernética y colza, de posmodernidad y aceras pringosas, de Noemi Campbel en la Pasarela Cibeles y bombonas de butano en los balcones, barras de bar con fuentes de ensaladilla y longanizas medio podridas, televisores cubiertos con un paño bordado, la Torre Picasso, brutales capeas donde algunos jóvenes muelen a palos a un animal y estudiantes posgraduados que elaboran tesis científicas, con el rigor de Harvard. Hay muchas clases de felicidad. Dios, a los países pobres, les suele regalar buen clima, un vino excelente, mujeres guapas, soldados bravos y una situación estratégica privilegiada para que los americanos asienten sus misiles. Existe una felicidad solar: el mar , muy azul, un tomate abierto, el dominó en el bar, una mujer cantando una canción de amor mientras tiende la ropa blanca; los bautizos, bodas y comuniones con acordeón bajo los emparrados, la solidaridad ante la desgracia, los alaridos en las tragedias familiares, los muertos bien enterrados, la antigua cal contra la peste, que ahora sólo soporta en las paredes del sur la sangre de los geranios. Este modo de vivir que nos obliga a ser felices estando pegados a la espontaneidad de los sentimientos, a las frutas y hortalizas del tiempo es compatible con la miseria moral de algunos políticos, con la cantidad exorbitante de leguleyos por kilómetro cuadrado, con la profusión de excrementos de perro en las calles, con los escándalos financieros, con los crímenes de Estado. Existe en otros países una felicidad de tabla de quesos con niebla en la ventana, el placer orgiástico por un balance bien cuadrado ante el cual sonríe Calvino. Existen al norte ciudades sin moscas y por tanto cada vez con menos golondrinas, pero ellas no nos pertenecen. Comerse un higo chumbo junto a una tapia encalada y saber íntimamente que el azar es una de las formas que adopta la luz del sol cada día, eso modela nuestra felicidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de octubre de 1995