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Tribuna:

Los límites del socialismo

Tanto Austria como España tienen Gobiernos socialdemócratas -Austria un Gobierno de coalición con predominio socialista, España un Gobierno socialista en minoría- y jefes de Gobierno cuyos mejores momentos ya pasaron, que, tras una serie de éxitos, han sufrido diversas derrotas y aún les esperan otras incluso mayores, y que aun así siguen aferrándose al poder y luchan por la supervivencia. Sin embargo, poco tiene que ver este intento de prolongar y afirmarse en el poder con el socialismo, y sí, en cambio, con un poder que no se cede voluntariamente a pesar de haber cumplido su deber histórico. En el fondo, los representantes del socialismo en España y en Austria son "Gorbachovs en miniatura" -no en lo que se refiere a su talla histórica-, sino en lo que se refiere a su función histórica- cuando creen que pueden reformar un sistema que en realidad ya se sobrevivió y con el que lo único que realmente se puede hacer es administrarlo hasta que se termine, un sistema que ya no sabe dar impulsos nuevos a la sociedad. Y cuando, además, no creen siquiera en la posibilidad de una reforma, en el sentido de los antiguos ideales socialistas, sólo son tecnócratas y gestores y se les mide solamente en el éxito o fracaso de su gestión.El gran liberal europeo Ralf Dahrendorf- -nombrado lord en Gran Bretaña- calificó los años setenta como la era socialdemócrata", una era en la que Bruno Kreisky cosechó sus éxitos gracias a su rumbo hacia el Estado de bienestar en Austria, lo mismo que les ocurrió a muchos de sus colegas en otros países. A principios de los ochenta, en cambio, ese mismo Dahrendorf hablaba ya del fin de la era socialdemócrata.

Y le da la razón lo que sucede tanto en España como en Austria, a pesar de que en ambos países aún son Gobiernos socialistas los que están en el poder. ¿Es únicamente el desgaste propio del poder el que ha llevado a esta pérdida de la función y de los electores de la socialdemocracia? El típico desgaste del poder que, a la larga, sufren todos los gobernantes no es motivo suficiente para explicar esa pérdida paralela de la confianza y la sustancia de la socialdemocracia en países tan diferentes como Francia, España y Austria.

No se trata simplemente de la normal vuelta del péndulo del poder que se produce constantemente en las democracias, sino de errores específicos del socialismo que, a pesar de su fundamento democrático, y teniendo en cuenta todas las diferencias, tiene ciertas cosas en común con el comunismo real socialista que son las causas de su perdición. Se puede aplicar al socialismo democrático lo que comprobó científicamente el gran economista austríaco Ludwig von Mises en los años veinte: que el socialismo, como concepcion económica, es irrealizable y conduce a un callejón sin salida, el burocratismo. Aunque tiene gran mérito, y es indispensable la transformación del capitalismo y del Estado puramente liberal en un Estado del bienestar, cuyo motor ha sido la socialdemocracia, al socialismo de cualquier índole le ha sido vedado el triunfo real de constituir una alternativa económica al capitalismo y por razones estructurales también le será vedado en el futuro, dados los pésimos resultados de la sustitución del empresario por el planificador y burócrata. La economía austriaca nos da constantes ejemplos de la ineficacia de las alternativas socialistas: la industria nacionalizada, -antaño niña mimada y orgullo de la socialdemocracia- ha registrado grandes pérdidas y ahora hay que proceder a su privatización.

Y eso no es todo: el socialismo no sólo perjudica la economía, cuando intenta transferir el principio democrático a la economía, también sufre la estructura burocrática que la ata internamente y la deja incapacitada para introducir reformas y, en cambio, provoca una propensión a la corrupción. Incluso antes de la I Guerra Mundial, el sociólogo italo-alemán Robert Michels -quien, igual que yo y bajo la impresión de los hechos sobrecogedores, se convirtió de teórico en crítico del socialismo- investigó la estructura de la socialdemocracia, que ha cambiado poco durante estos decenios, y llegó a la conclusión de que el reinado del funcionariado y secretariado dentro del partido ejerce una atracción casi irresistible para aventureros y caracteres parasitarios, y convierte en plagas las buenas obras del socialismo. El socialismo es un paso transitorio necesario y positivo en cualquier sociedad moderna, pero conduce al estancamiento en el momento que dura demasiado y se aplica, con demasiada intensidad. Una vez que el socialismo ha dado los impulsos necesarios a la sociedad, ya ha dado todo lo que puede dar y no dispone de medios correctores para combatir los defectos en sus propias filas. El socialismo bajo Bruno Kreisky fue, durante una década, una era de modernización para Austria, pero también tuvo su precio y sus lados negativos, que ha de sufrir precisamente la población trabajadora, causando el alejamiento de los mismos de la socialdemocracia.

Bajo estas circunstancias es realmente extraño que el SPÖ (partido socialista austríaco) siga siendo el partido más votado en Austria, si bien ahora representa solamente un tercio de los electores. Ello probablemente se deba a que los conservadores, el Österreichische Volkspartei (partido popular austríaco) -formación con la que la socialdemocracia ha formado el Gobierno de coalición-, sufren aún más los cambios sociológicos y el retroceso del sector agrario de la economía, y también los procesos espirituales, como la decadencia de la autoridad y la pérdida de confianza en la Iglesia católica.

Estas circunstancias y otras más impiden, de momento, que Austria se despida de la socialdemocracia tal como ha ocurrido en Francia y como parece insinuarse en España. Lo que ocurre es que el partido popular de Austria ha sacado consecuencias personales de este proceso de merma que lo dejó, en las últimas elecciones, con sólo el 27% de los votos, y ha puesto un hombre nuevo en su cima: Wolfgang Schüssel, nombrado también ministro de Asuntos Exteriores, quien -con un nuevo equipo de gobierno- tiene una posibilidad real de consolidar a los conservadores y de acosar a los socialistas.

Naturalmente, tanto el SPÖ Como el ÖVP tienen que enfrentarse a una competencia que no hay que subestimar. El presidente del partido liberal de Austria, Jörg Haider, quien transformó el partido en movimiento,ha conseguido transformar este partido -hace diez años una fuerza política débil y que sólo servía para ayudar al SPÖ a conseguir su mayoría- en una fuerza política considerable, con aproximadamente un millón de electores. El movimiento de Haider, que propaga una "Tercera República" y, en su concepción constitucional, una mezcla entre el sistema presidencial francés con fuertes elementos plebiscitarios según el modelo suizo, es una fuerza populista de derechas, conscientemente antisocialista, que no se puede simplemente calificar de fascista o de extrema derecha a pesar de que hay algunas fronteras difusas entre determinados liberales y neonazis o nazis de la vieja guardia. A Jörg Haider, una personalidad muy dinámica, pero nada melindrosa, sobre todo en el trato con su propia gente, a pesar de toda la demagogia que hay qué reprocharle, se le debería reconocer como mérito el haber marginado a la extrema derecha y haber llevado a vías parlamentarias reglamentarias el considerable potencial de la derecha existente en Austria. A pesar de ello y debido a su socialización y asociación a ciertas organizaciones estudiantiles, Haider tiene una postura nada clara respecto al pasado austriaco y la "nación austriaca" -en la que cree la mayoría, ante todo, de los jóvenes austriacos-, y una tendencia "nacional-alemana", la que podría ser causa de problemas de identidad y de la formación de un bloque alemán en la Unión Europea, en caso de que el Movimiento Liberal llegue a formar parte del Gobierno. Últimamente, sin embargo, Haider ha dejado entrever que quiere acabar con las tendencias pangermanistas y dar una orientación claramente austríaca a su partido. Por lo demás, Haider es muy hábil aprovechando la decepción generalizada sobre la Unión Europea, a la que Austria se adhirió a principios de este año. Una coalición con el Movimiento Liberal vendría acompañada, por tanto, de serios riesgos -si bien se trata de una alternativa democrática legítima a la, gran coalición-. Pero tampoco escasearían los problemas en una coalición rojo-verde de izquierdas, ya que, al igual que existen fronteras difusas en el Movimiento Liberal hacia el margen derecho, hay conexiones de este tipo también en los verdes hacia los grupos de extrema izquierda y anarquistas.

Por tanto, es más incierto que nunca el futuro político de Austria después de las próximas elecciones, que tendrán lugar en 1998 o incluso antes, y refleja un proceso de polarización que no se limita a Austria y no coincide con los límites tradicionales de los partidos: entre un bloque izquierdista-emancipatorio y otro conservador-autoritario de derechas. Y de nuevo podría producirse un hecho que ya mencionó el gran dramaturgo alemán y austríaco de elección, Friedrich Hebbel, calificando a Austria de "ese mundo pequeño donde el mundo grande se ensaya".

Norbert Leser es profesor de Filosofía Social de la Universidad de Viena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de octubre de 1995